A propósito de los cambios de nuestro sistema educativo me preocupa la reacción de algunos colegas. Los profesores parecemos preocupados solo por si las asignaturas perdedoras (como las bautizó la prensa) se circunscriben o no a nuestra área de conocimiento. Algunos incluso se manifiestan a favor de la supresión de algunas (como educación para la ciudadanía y ética) por considerarlas marías. No pretendo refutar el argumento de la utilidad, pero seamos honestos: ¿A cuántos nos ha resultado útil calcular logaritmos? ¿Y conocer la categoría gramatical de las palabras? A los profesores que celebran ciertas supresiones y critican otras, como la de ciencias del mundo contemporáneo (lamentablemente una maría para muchos alumnos de bachillerato y no pocos profesores), tal vez se les haya escapado que las razones del Ministerio son las mismas para todos los casos, y no se trata únicamente de intensificar las llamadas materias instrumentales. ¿O acaso la reflexión en el ámbito de la ética, los valores democráticos, la ciencia y la metaciencia no son instrumentos esenciales para el pensamiento? Y me refiero al pensamiento crítico, no al pensamiento único, no al adoctrinamiento. En cualquier caso, todos los profesores deberíamos tenerlo claro: nos debemos a nuestros alumnos (y por extensión a sus familias y a la sociedad, a la tribu entera, como señala José A. Marina), y deberíamos pensar en ellos como futuros ciudadanos de pleno derecho, no como clientes o futuros súbditos. Por cierto, ¿a quiénes se debe usted, ministro Wert?
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