Escribo esta carta movida por la insatisfacción, la inseguridad y las dudas. En esta época de crisis la gente teme salir a la calle, que la echen de su trabajo, no poder llegar a fin de mes; teme por ella y por su familia. Pero, en el fondo, los que peor lo tienen son los estudiantes, concretamente los que están a punto de acabar bachillerato para enfrentarse a la universidad o al mundo laboral. Yo soy una de ellos y pienso: ¿qué me espera?, ¿qué estudio?, ¿tendré trabajo? Vamos escasos de respuestas. Yo siempre he tenido muy claro qué estudiar: medicina. Pero no sé qué me espera después de que mis padres tengan que pagármelo todo, ya que no encuentro trabajo, y si encuentro alguno es incompatible con mis estudios. ¿Qué nos queda entonces? Podemos salir a la calle y obligar a que nos escuchen: una o dos voces pueden ser ignoradas, pero millones es imposible. O eso, o emigrar; irnos de este país, de los lugares a los que estamos unidos desde la infancia, que nos han visto crecer y madurar. Debemos renunciar a eso para intentar mantener una vida digna y obtener la recompensa de años de estudio. Tengo compañeros que ignoran qué hacer, que no saben siquiera si podrán pagarse la universidad. Si no es posible otra solución que no sea esperar y esperar, solo nos queda la opción de marchar allá donde podamos subsistir sin tener que vivir atemorizados por la maldita prima de riesgo. Aunque tengamos que abandonar nuestra infancia en un país que está sumido en una gran crisis y, a la vez, en una gran decadencia.