Esta vez los catalanes se han quedado más anchos que largos. Pasará a la historia el 11-S catalán; como el americano, pero en guapo. Allí cayeron de una forma brutal torres símbolo del poder de un país que trafica con todo el mundo, y aquí ha empezado, de forma elegante, a desmoronarse como un azucarillo un edificio granítico al que llaman España y que resulta ser un puzle de cartoncillo con menos fundamento que el cuento tenebroso de 'Una, grande y libre' o 'Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando'. Ahora llegarán los maestros del engaño: los políticos, más los tristes y mediocres periodistas y contertulios muy bien pagados: que si la Constitución, que si Europa, que si la crisis, etcétera, para 'desasnar al pueblo', enmarañando lo que es más simple que un cero: referéndum, democracia. ¿Quién no va a querer escapar de un país en el que dan a los bancos miles de millones de euros y a los pobres les quitan el subsidio de 400 y niegan a los emigrantes la sanidad? ¿De un país en el que congelan las pensiones de 600 euros y menos, cuando la vida sube cada año al menos el tres por ciento? Los de 400 euros, los pensionistas y los emigrantes van a arruinar el país; los banqueros, no. ¿Quién no va querer huir de un país en el que, primero, los llamados socialistas bajan las pensiones de los más pobres y viudas y después remata el Partido Popular la faena en educación, sanidad y cultura? Bastante tienen los catalanes con aguantarse a sí mismos. ¿Recuerdan aquello de la Europa de los Pueblos, para lo que fue creada la Comunidad Europea? Sin más: ¡Visca Catalunya!