Me formé en un instituto a finales de los años 70, en medio de las huelgas de los profesores no numerarios, un director falangista y trabajadores de la Seat que gritaban: "Estudiantes, a la calle". Eran épocas de crisis y de reconversión. En aquel tiempo, más de siete personas juntas ya eran subversivas y te podían enviar a la Jefatura de Policía hasta por llevar una pegatina en la carpeta. En la universidad vinieron los gritos de 'Llibertat, amnistia i Estatut d¿autonomia', y más tarde por la normalización de la lengua. Cuando ya teníamos el título tuvimos que conquistar un sueldo digno y defender nuestros puestos de trabajo. Más adelante tuvimos que luchar para dejar de ser interinos y que se convocaran las largamente reclamadas oposiciones, y nos tocó volver a estudiar para demostrar que sabíamos hacer el trabajo que ya desempeñábamos desde hacía más de 20 años. Y ahora resulta que soy funcionaria y, por lo tanto, pertenezco a ese grupo de vagos, malversadores y especuladores que han llevado a este país a la ruina. Pero no me doy por vencida: en septiembre, cuando empiece el curso, volveré a luchar y a gritar: "No es una crisis, es una estafa".