Hace nueve meses que me fui a vivir a Noruega con mi novia, dejando nuestro trabajo en España. Siguiendo la situación de la crisis desde el extranjero, he pasado de la impotencia a la resignación. No estoy de acuerdo con la política anterior ni con la actual, ni con las soluciones que se toman. Tengo la sensación que vivimos en un país sin capacidad de decisión. En su día se privatizaron las grandes joyas de la corona, construidas con dinero público y vendidas ni siquiera al mejor postor. Entramos en la moneda única sin saber muy bien para qué nos iba a servir más allá de ir a países como Francia y poder comprar ropa de moda sin cambiar de divisa. Todos estábamos contentos, aunque tras el cambio comprobáramos cómo todas esas compañías que antes eran públicas incrementaban sus tarifas con las administraciones públicas en la vanguardia, como los billetes de los transportes. Llegó la crisis y estuvo en boca de todos la gestión de las cajas de ahorros. ¿Solución? Privatizarlas. Estamos vendidos. Los políticos que se centran en los problemas más acuciantes no paran de repetir que su prioridad es bajar el paro y combatir la prima de riesgo, sin entender que eso son síntomas de un país que ha perdido tejido empresarial, moneda y banca. Lamentablemente, los días pasarán y me tocará despedirme de mi familia para volver a la tierra que me ha acogido con los brazos abiertos sabiendo que, si algún día vuelvo, será porque mi país tiene algo que ofrecer. Que ya no da y tampoco vende, simplemente ofrece.