El síndrome de Estocolmo cada vez afecta a más población de este país. Necesitamos, pues, que, además de en lo económico, nos intervenga también, y muy urgentemente, en lo psicológico. Los políticos de turno entienden, comprenden e incluso apoyan y protegen a los ineptos e irresponsables que han dirigido las entidades financieras ahora intervenidas y que, como premio, se llevaron millonadas escandalosas. También miman, comprenden y protegen a prevaricadores y a los que se han enriquecido ilícitamente con dinero público. La enfermedad ha llegado ya a los fiscales generales, que, en vez de defender al ciudadano y perseguir a los delincuentes, parece que cada vez estén más alineados con estos últimos, y así vemos cómo un máximo representante del poder judicial, a cuenta del erario y sin dar explicaciones, hace estancias en buenos hoteles. ¡Y no pasa absolutamente nada!. Esta complicidad es ya una epidemia: o nos tratan rápido de este síndrome o al final se convertirá en mortal pandemia.