El progresismo más liberal nos ha embaucado con la falacia de un bienestar basado en la laxitud moral, apelando a la exigencia sistemática de derechos y la asunción mínima de deberes civiles. Ahora, abrumados por la demoledora crisis, liberamos nuestra rabia con una catarsis reivindicativa, mezcla de indignación legítima, protesta sesgada y cierto victimismo. Ya se ha dicho todo sobre la nocividad de los poderes fácticos, pero la ciudadanía también hace política y a menudo ineficazmente. Así, por ejemplo: ¿por qué no se combate el lesivo sedentarismo con similar fuerza que los recortes sanitarias? ¿Por qué empeñarse en tijeretazos educativos si el mejor recurso pedagógico -más que cualquier ayuda material- es la autoridad moral del educador? Aparte de la ineptitud de algunos gobernantes, ¿no son también el incivismo, la intolerancia o la insolidaridad un fracaso político de la sociedad? ¿Son empresarios y legisladores los únicos responsables del socavón laboral o también contribuye la mala praxis de algunos 'profesionales' y / o la beligerancia sindical? Es habitual usar de excusa lo que no podemos modificar para ahorrarnos hacer lo que sí podemos cambiar. La mejor manera de conseguir una convivencia armónica es empezar por poner orden en la propia vida.