Como el momento actual permite que el Gobierno haga lo que considera necesario en el ámbito económico, este aprovecha la parálisis y la angustia colectiva que vivimos para plantear dos reformas de gran profundidad: el aborto y la educación, que sirven para hacer la fotografía de uno de los grandes objetivos del Ejecutivo. La reforma del aborto propuesta, que nos hará retroceder un cuarto de siglo, más restrictiva que en Italia pese a la cercanía del Papa, junto con la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, defendida de forma muy burda por el nuevo ministro, plasman con claridad que, en ciertos temas, este Gobierno debe contentar a la Iglesia en aquello que le causa malestar. Llevan dos meses en el gobierno pero para estas cuestiones actúan con rapidez: parece que tienen prisa por dejar los deberes episcopales hechos por si dentro de cuatro años peligra la reelección, lo que es posible pues de esta crisis no nos hará salir ni Dios.