El 18 de julio acudí al Turó Park de Barcelona. Allí, un joven cuarteto, con una cantante de voz maravillosa, nos deleitó con una hora de música popular. El concierto hubiera resultado fantástico de no haber sido por: el sonido de los grillos, que dificultaba la audición; el nivel de la megafonía, que podía haber sido más alto; que a algunos adultos cercanos al quiosco de bebidas les interesaba bien poco el concierto y podrían haber bajado la voz; que algunos padres con hijos pequeños tendrían que haber controlado un poco a sus niños... Probablemente la sutil presencia de un guardia municipal hubiera resuelto estos problemas de sonidos distorsionadores. Se requiere de cierto silencio para escuchar un concierto, y un par de agentes nos habría permitido disfrutar plenamente de este. Sé que era gratuito, pero eso no justifica el exceso de ruido que sufrimos. Espero que en los próximos conciertos se cuide este aspecto.
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