Pienso en el tipo de sociedad en que nos hemos convertido: aquel que llevó a cabo una gestión como mínimo dudosa de una entidad financiera que en su día fue uno de los primeros bancos del Estado español, que abandonó la nave cuando estaba a punto de hundirse -y con ella se derrumbó la credibilidad de todo el sistema financiero español-, comparece en la Comisión de Economía del Congreso de los Diputados para dar explicaciones y sale con la cabeza bien alta, culpando a los demás y con la posibilidad de cobrar una indemnización que yo nunca llegaré a cobrar en forma de sueldo ni aun trabajando siete vidas. ¿Y en qué tipo de personas hemos confiado el poder judicial? Si su máximo dirigente ha dejado de serlo por unas denunciadas vacaciones en Marbella pagadas por todos los contribuyentes... ¿cómo se atreve a reclamar una indemnización de 208.000 euros para dejar el cargo que ocupaba? ¿En qué tipo de supuestas manos demócratas estamos cuando el ministro de Hacienda critica y tilda de inoportuna una resolución emanada del Parlament, cuyo único objetivo lícito es el de procurar mejorar el paupérrimo sistema de financiación de Catalunya? Si algo positivo podemos extraer de esta maldita crisis que nos abrazará durante años es que tenemos que cambiar nuestro sistema de valores y exigir a quienes nos gobiernan y nos dirigen que sean personas dignas de ocupar sus cargos y con una escala de valores y un sentido del respeto y del honor mucho más acusado del que impera en este país.