De pequeña, al chivarme a mis padres sobre mis hermanos, primero les castigaban a ellos y seguidamente a mí por chivata, así que esa lección la tengo bien aprendida. Una vez, el pelota de mi clase le regaló a la maestra una vara nueva para usar contra los rebeldes y ella se la rompió en la espalda. Ahora los gobiernos nos piden que delatemos a los alborotadores del 29-M en Barcelona, que hagamos fotos de personas que veamos tirando una colilla al suelo y las enviemos a la policía, y que entremos en las fichas personales de nuestros vecinos por si intentaran inscribir fraudulentamente a su hijo en el colegio de los nuestros. Pues no: me niego a convertirme en delatora. Si recortan, que asuman las consecuencias y que no pidan que secundemos el castigo que nos infligen delatando a nuestros semejantes. Me niego rotundamente a hacer funciones de inspectora de hacienda o de educación; a gastar megas de mi tarifa plana para enviar fotos de infractores; o a entrar en la página de la policía y señalar con el dedo a este o aquel alborotador. En vez de pedirnos la ignominia del chivatazo, lo que deberían hacer es limpiar los bosques para que una simple colilla no cause una debacle, hacer proyectos que consigan limpiar el sotobosque de forma natural, o controlar el buen funcionamiento de los procesos de matriculación. Es decir, hay que buscar soluciones, no culpables. Yo, mientras, me niego a la delación por la delación, por ética personal y porque no vaya a ser que rompan la vara de medir en mi espalda por chivata.