Costa de Marfil es el país con más recursos de África occidental. Independizado de Francia el 7 de agosto de 1960, es el mayor productor de cacao del mundo y uno de los mayores exportadores de café y caña de azúcar. A ello se le suma su clima excepcional, con abundantes lluvias durante gran parte del año, confiriéndole una vegetación y geografía envidiables. No obstante, lo que hace verdaderamente rica a esta nación es su gente. El país sonríe a través de millones de niños que han nacido en condiciones adversas, sufriendo una guerra civil, y que crecen fortalecidos gracias a la tenacidad de sus padres. Costa de Marfil es ahora un país que llora. Lo hace porque su gente está cansada de la corrupción de los políticos; llora por ser un país artificialmente dividido, con un norte armado por aquellos que mantienen sus intereses económicos y un sur corrompido. Llevo años realizando una labor humanitaria en este país, intentando aportar mi granito de arena, al menos una vez al año. He sido testigo de la impotencia de un país que quiere crecer y que tiene la capacidad para hacerlo, pero que está atado por el egoísmo y la pequeñez de corazón de unos pocos, que se benefician del trabajo de un pueblo con un corazón enorme. Si no somos parte de la solución, somos parte del problema. O decidimos comenzar a colaborar sin pedir nada a cambio, como hacen esos miles de misioneros que dan su vida desde hace décadas por el pueblo marfileño, o mejor que nos aislemos en nuestro mundo cortoplacista e intrascendente y dejemos que ellos dibujen su futuro.