El 22 de octubre, a las ocho de la mañana, mi mujer ingresó en el Hospital Universitario de Guadalajara para dar a luz. En principio, debía ser un parto sin complicaciones, pero a las 13.45 horas le hicieron una cesárea de urgencia porque el bebé cambió de posición y había riesgo de que se asfixiara con el cordón umbilical. En ese periodo de tiempo, mi mujer ya había recibido tratamiento, primero para dilatar el útero y después para inducir el parto. Tras realizarle la cesárea, el útero no se contrajo y no dejó de sangrar (atonía uterina). Estuvo nueve horas en reanimación con una hemorragia interna. A los familiares nos decían que todo iba bien, que estaba estable, aunque ella tenía muchos dolores y cada vez peor aspecto. A las once de la noche la operaron de urgencia y le extrajeron el útero y el bazo. Falleció en la mesa de operaciones. Tenía 35 años y deja marido y dos hijos pequeños. ¿Cómo es posible que se desangrara durante nueve horas y, a pesar de que su estado de salud empeoraba visiblemente, los médicos no se dieran cuenta de que una hemorragia interna estaba acabando con su vida?