Cada vez hay más personas mayores que viven solas. Algunas de ellas no se valen por sí mismas y tienen que contar, por fuerza, con la colaboración de un familiar o de un cuidador por atenderlas. Otras son autónomas, pero necesitan relacionarse con los demás para no sentirse solas. Por eso, Martorelles, mi pueblo, cuenta con un centro de ayuda en el hogar, en el que los usuarios son atendidos de lunes a viernes por una cuota simbólica cada mes. El trato es igual para todo el mundo, siempre afable y a la vez eficiente. Hay servicio de comedor, peluquería, manicura, podología, ducha, transporte, actividades lúdicas y se organizan algunas salidas. Yo tengo 18 años y, aunque por la edad no me tocaría estar allí, durante un tiempo fui acogida. De hecho, en la sociedad actual no hay lugar para las personas como yo, que se han encontrado con sus expectativas de futuro truncadas (yo quería estudiar para ser periodista) por una enfermedad mental crónica. Si algún día alguien se anima a visitar el centro, encontrará allí a Manuela, trabajadora familiar y responsable del funcionamiento del local. Manuela tiene que hacer de todo: psicóloga, enfermera, asistenta social, auxiliar de geriatría, animadora, mediadora... Incluso tiene algo de maga al conseguir que las cosas salgan bien. Ella es madre, tía, amiga y consejera. También está Rocío, una trabajadora muy especial a la que todos queremos mucho. Se encarga de la cocina y nos prepara unos postres exquisitos. Libia es una auxiliar de geriatría que, pese a no estar en el centro tantas horas como los abuelos querrían, nos hace pasar ratos muy agradables y divertidos; por ejemplo, cuando se trata de cantar y bailar. Paco es el chófer de una destartalada furgoneta municipal que se estropea a diario. Es quien, por la mañana, recoge a las personas mayores y las lleva al centro y, por la tarde, las devuelve a su casa. Y está Carmen, una voluntaria que, antes de que uno se dé cuenta, ya ha puesto la ropa sucia de quién se está duchando en la lavadora. No me puedo olvidar de Jaume, que ayuda a Paco y, a cambio de una sonrisa, atiende los pedidos y encargos de las abuelas. Todo funciona bajo la batuta de Montse, que es la asistenta social que dirige el centro. Mi reconocimiento para todos ellos es porque pienso que este pequeño mundo que hace más felices a los viejos del pueblo no sería lo mismo sin su cualidad humana.