Me avergüenzo de ser catalán después de lo que ocurrió el otro día en el Parlament en la votación sobre los correbous. Hasta ahora, yo defendía apasionadamente ante el resto del mundo el progresismo de nuestras leyes autonómicas, que rompían una lanza a favor de los animales, impidiendo su tortura. Pero veo que la norma de prohibir corridas de toros no era más que una medida antiespañolista, destinada exclusivamente a burlarse del resto del Estado español, dentro de esa política de agresión constante e injustificada a la que los politiquillos catalanes actuales nos tienen ya acostumbrados. Se acaba de aprobar por los diputados catalanes la norma legal por la cual se autoriza a torturar a los animales, eso sí, con el método local de ponerles fuego en la cabeza, que va quemando lenta y dolorosamente los ojos y la cara del animal, que, aterrorizado, no logra escapar por mucho que corra. Este no es un método de tortura animal ni más ni menos vistoso o cruel que el de clavarle espadas y banderillas... pero al menos es muy nuestro. Tortura animal, sí, pero en catalán. Faltaría más¿