Primero fue José María Fidalgo, de CCOO. En abril del 2001 firmó el acuerdo de pensiones en solitario con Aznar y la patronal, teniendo a 1.500 trabajadores de Sintel (afiliados a su sindicato) tirados como perros en el paseo de la Castellana de Madrid. Ahí empezó la traición a los trabajadores. Al año siguiente, su amigo Mariano Rajoy le dejó la televisión pública para vejar, insultar y criminalizar a esos mismos trabajadores que, engañados por las cúpulas sindicales, habían iniciado una marcha a pie hacia la capital. Se comentaba que Fidalgo era un ministro sin cartera de Aznar. Nadie hizo nada para evitar los contratos basura. Ahora, su sustituto, Ignacio Fernández Toxo, y Cándido Méndez (UGT) gritan las mismas consignas que Rajoy, que el PP, que la Conferencia Episcopal y que la extrema derecha junto a 15.000 liberados de los 200.000 que tienen los sindicatos. Se puede convocar una huelga, o 14 si hace falta, porque Zapatero la merece, pero usar la misma táctica que la derecha casposa y cutre para derribar al Gobierno por parte de unos sindicalistas pijos es patético. Qué poquito han aprendido de Marcelino Camacho, que en vez de recibir subvenciones y prebendas del Gobierno y de la patronal estaba en la cárcel.