Como profesionales del mundo de la educación (educadores, maestros, profesores, tutores, coordinadores, especialistas...) no somos ni podemos ser impermeables al entorno social que nos rodea. A través de los niños y las niñas, los chicos y las chicas, poco a poco vamos constatando cómo se dan preocupantes cambios sociales, probablemente no tan inevitables como desde algunas partes se nos quiere hacer creer. Sabemos de la existencia de familias que sufren por la inestabilidad laboral y el desempleo, y porque no pueden hacerse cargo al mismo tiempo de algún familiar dependiente. De algún desahucio ya hemos oído hablar discretamente. Y podríamos alargarnos con más casos. Por otra parte, cuando el Departament d¿Educació, por ejemplo, reduce las aportaciones a guarderías, mete a más y más alumnos en el aula, no cubre las sustituciones e hincha la jornada laboral de los docentes, quien sale más directa e inmediatamente perjudicados es el alumnado. Por lo tanto, secundar esta huelga general es como la continuación natural de nuestra responsabilidad, tanto hacia la sociedad en general como hacia los alumnos y las familias en particular. Los centros educativos no constituyen una isla, sino que más bien son una caja de resonancia, discreta pero veraz. Si los integrante del mundo educativo hacemos huelga, a lo mejor cambiaremos algo para bien... Ahora, si no hacemos huelga, ciertamente nos mereceremos sufrir los cambios que nos quieran imponer.
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