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BARRIO CASTIGADO

El Raval, gentrificación en vena

La heroína jamás es capaz de pasar discretamente, no lo hizo en los 70 y los 80 en el Raval y, claro, no lo hará tampoco ahora

Carles Cols / Barcelona

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Un heroinómano, en una fotografía tomada por vecinos del Raval en lucha con los narcopisos. / VECINOS DEL RAVAL

La heroína, aunque parezca una afirmación un poco atrevida así de entrada, ha modelado el Raval urbanística y arquitectónicamente, que se dice pronto. Sí, parece un exceso atribuirle tal poder al fruto de la ‘papaver somniferum’, la amapola real o adormidera, pero a esa conclusión se puede llegar a poco que se vuelva la mirada hacia atrás, ni siquiera muy lejos, solo a los años 70, cuando Nico, la musa de The Velvet Underground, se instaló en La Floresta y terminó con las existencias de ‘caballo’ de sus anfitriones, y, sobre todo, a los 80, cuando el trabajo de cualquier aprendiz de gacetillero de la prensa de entonces consistía a menudo en ir al Raval porque, como cada semana, había aparecido muerto un heroinómano en la calle, con la jeringa aún en el brazo, y los vecinos estaban en pie de guerra.

En los años 20 se prescribía para los catarros. En los 80 desoló a cientos de familias y, a su manera, cambio el curso de la historia del Raval. Ha vuelto

No merece la pena ir más atrás en el tiempo, a los sórdidos años 20, los años de La Criolla, no porque entonces no hubiera drogas en el barrio, sino porque eran otras las sustancias que buscaban los consumidores. Entonces los traficantes lo eran de cocaína, que cuando era muy pura, la que pagaban las clases pudientes que iban de excursión al distrito quinto, la llamaban ‘mandanga chachi’. Para comprender qué papel jugaba entonces la heroína merece la pena visitar la polvorienta edición de la enciclopedia Espasa Calpe, edición de 1925, que como un tesoro olvidado está en un estante alto del archivo de EL PERIÓDICO. Pocas veces decepciona subirse a la escalera. De la heroína dice aquella enciclopedia que “se recomienda en las afecciones catarrales broncopulmonares y la tubercolusis, en la disnea, el asma bronquial y los sudores profusos”. Lo mejor viene a continuación. “Es un buen sucedáneo de la codeína y la morfina, teniendo la ventaja de no provocar estreñimiento ni crear hábito”. Tan nebuloso era el conocimiento entonces de lo que aquel opioide comportaba que en la enciclopedia no había todavía una entrada para el término heroinómano, pero sí para la heroinomanía: “Hábito morboso para la heroína”.

Una droga con himno

Con esta tarjeta de presentación se comprende en parte que aquella sustancia entrara sin apenas resistencia en la sociedad catalana de los 70 y los 80, sin distinción de sexo o clase. Hasta tenía banda sonora, Heroin, que Lou Reed elevó a la categoría casi de himno, “…una dosis en mi vena, llega al centro de mi cabeza, y entonces estoy mejor que muerto…”. Aquella droga devastó cientos de hogares, con posibles y humildes, desde Pedralbes a La Mina, pero en las calles donde aquello era más evidente eran las del Raval y algunas del Gòtic sur, donde los vecinos recogían jeringuillas de los parques como setas para echárselas en cara al poder municipal y donde no pocas mañanas, al salir a comprar el pan, descubrían un cadáver en la acera. Aquello (por volver a la atrevida afirmación del principio) alimentó la chispa de la bujía de la reforma del barrio, de la construcción del MACBA, primero, y de la apertura del la Rambla del Raval, años después. A aquello le llamaban esponjar el barrio.

La sorpresiva aparición de narcopisos en el Raval, unos 60 desde finales del 2016, augura una tormenta urbanística perfecta

El resultado de aquel plan municipal es como un cuadro de Rembrandt, una interesantísima composición de claroscuros. Millones y millones de euros de inversión y el Raval no es como las autoridades locales previeron. Llegaron colonos de otros barrios, sí, familias de profesiones liberales, con buenos sueldos, a veces, convencidas de que aquello merecía una oportunidad. También fue el portaviones en el que aterrizó la comunidad internacional, la erasmus y la pakistaní. Y todo ello, codo con codo con la marginalidad. Aquello es siempre un ecosistema impredecible. Oriol Bohigas, siempre tan lúcido a la hora de comprender Barcelona, explicó en una ocasión que no hay que bajar nunca la guardia de las inversiones en el Raval para evitar lo que él definió como “metástasis urbanísticas”.

Los cestos de la droga

Total, que la heroína le dio un respiro al barrio en los años 90. Fue por las inversiones o porque el sida multiplicó el número de bajas entre los heroinómanos, o por la combinación de ambos factores, pero algo cambió. La droga, eso sí, nunca se fue del todo. Una parte de aquel submundo dejó el centro de la ciudad y se trasladó a Can Tunis, pero cuando en el 2004 cayeron las últimas viviendas de aquel barrio marginal, volvió a verse en algunas calles de Ciutat Vella un escena sospechosa. Desde un balcón alguien descolgaba un cestito con una cuerda. En la calle, alguien ponía un billete o monedas. Subía el cesto y volvía bajar con la droga.

Aquello era el ‘homo antecessor’ de esos 60 narcopisos (entre los ya clausurado y los aún activos) que desde finales del 2016 amenazan con volver a dar a la heroína el controvertido título de arquitecto jefe del Raval. Es ( y perdón por el fácil juego de palabras) gentrificación en vena, una tormenta urbanística perfecta. El barrio es un gruyer de pisos vacíos por culpa del estallido de la anterior burbuja inmobiliaria, propiedad a veces de bancos o fondos de inversión que miran para otro lado. Los inmuebles no son interesantes hasta que toda la finca, desde los bajos hasta el ático, no tiene inquilinos legales, y sin duda el susto de compartir escalera o calle con un narcopiso es una razón de peso para rendirse y hacer las maletas.

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