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bicentenario de la fiesta

Memorias de Gràcia

Los veteranos de la fiesta mayor del barrio recuerdan cómo eran los festejos antaño a pocos días de que se inicie la edición del bicentenario

MAURICIO BERNAL / BARCELONA

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Rosa Comellas, en la calle de la Llibertat. / CARLOS MONTAÑÉS

La hija del presidente

En aquel tiempo no había fiesta en el trozo de calle donde había nacido Rosa Comellas. Empezaba la década de los 50 y en la pequeña Llibertat, 250 metros de punta a punta, había dos comisiones que se encargaban de decorar los dos extremos de la calle, de un lado el que lindaba con Torrent de l’Olla y del otro el que tocaba a Milà i Fontanals. Rosa vivía en el medio, en el número 11, el pequeño tramo entre Progrés y Fraternitat, y allí no se hacía fiesta. “El presidente del trozo que da a Torrent de l’Olla era el dueño de la panadería de la esquina, y era muy bueno decorando. Recuerdo que ganaron el primer premio en el año 50 con una decoración espectacular de la Rambla de les Flors. Yo era muy pequeña, tenía 5 años en ese entonces, pero aun y así me acuerdo”.

Un día, acaso porque miraban a un lado y veían fiesta y miraban al otro y veían más fiesta, los del tramo intermedio decidieron organizarse. El cobrador de la compañía de tranvías Manel Comellas –el padre de Rosa– y otros amigos del pequeño trozo intermedio de Llibertat organizaron su propia comisión. Se incorporaron a la fiesta en el año de 1956, y a partir de entonces y “durante cuatro o cinco años” ese cuarto de kilómetro tuvo el privilegio de tener tres decorados distintos. “Nuestro problema es que ni teníamos artistas ni teníamos dinero, entonces nuestros decorados eran muy sencillos”. Como muchas comisiones de entonces carecía de local propio, y las cosas las guardaban en los bajos justamente del número 11, el edificio del presidente. A la querencia de la pequeña Rosa por la fiesta tuvo que contribuir que durante una semana al año cada vez que entraba o salía de casa se encontrara de frente con la materia prima y multicolor del decorado.

Su padre impulsó la creación de la comisión de fiestas del tramo intermedio de la calle en los años 50

La costumbre de dedicarle una serenata a la pequeña capilla de Sant Roc enclavada en la esquina con Fraternitat se llevaba a cabo entonces los días 15 de agosto, no los 16, como ahora, y de ello se encargaba la comisión de la calle engalanada más próxima. “Así que en esos años nos tocó hacerla a nosotros”. Cuando Rosa contrajo matrimonio se marchó de Llibertat, y aunque a cada agosto regresaba a la calle de su infancia a pasar los festejos, y aunque nunca faltó a la comida de fiesta mayor que religiosamente tenía lugar en casa de sus padres, eso que cargaba adentro desde niña, un espíritu que le inoculó probablemente el cobrador de la compañía de tranvías, la llevó a impulsar con su marido una comisión en su nueva calle, Roger de Flor. “Mi ex marido era el presidente de la comisión, y se engalanaba el tramo entre Pare Claret y Travessera de Gràcia”. Eso es llevar la fiesta adentro.

No recuerda bien en qué año tuvo lugar pero tiene grabado en la cabeza un decorado de la época, uno en la calle de Monistrol: un campamento indígena hecho con mimo y detalle, e imaginación. “Necesitaban plumas para el decorado, y como en aquella época aún los pollos que la gente se comía eran sacrificados en las casas, empezaron a guardar con antelación las plumas de los pollos para la decoración de la calle”. Entonces se podían hacer esas cosas. 

Juan José Infante, en la calle de Puigmartí. / CARLOS MONTAÑÉS

Un álbum por decorado

El pingüino llegaba altísimo. “¿Sabe hasta dónde llegaba el pingüino? Pues hasta ese balcón por lo menos”, dice Juan José Infante mirando hacia lo más alto de uno de los edificios de Puigmartí. Se refiere a un decorado de los años 80, uno de los que más recuerda cuando le preguntan, pero tiene memoria para ir más atrás, hasta los 70, los 60 si es necesario. Infante nació hace 83 años en Adra, Almería, la ciudad reputada por ser la cuarta más antigua de España, pero hace más de 50 que vive en Barcelona, en Gràcia, en la calle de Milà i Fontanals. Es un hombre dividido. Sus muebles, su ropa y sus libros están allí, pero emocionalmente ha estado vinculado desde el principio a la calle de al lado. A Puigmartí. Es una relación de amor. Tiene una pulsera y un anillo en los que mandó grabar el escudo de la calle.

A Infante le ha gustado siempre la fotografía y a partir de cierto momento empezó a documentar las actividades de fiesta mayor con una cámara que entonces debía de levantar envidias, poderosa y profesional. “Tengo un álbum por cada año, tuve que mandar hacer un mueble exclusivamente para guardarlos”, explica. Mirando las fotos o sin mirarlas va recordando cosas, como por ejemplo el año en que hicieron un decorado con personajes de Walt Disney. “Fíjese cómo hacíamos las cosas de bien, ¿sabe qué hicimos? Como éramos conscientes de que todo eso tenía copyright, nos pusimos en contacto con las oficinas de Walt Disney en EEUU, y desde allí nos llegó el permiso para poder utilizar los personajes”. Hay que mencionarlo solo para hacer el ejercicio de imaginar al atónito empleado leyendo la carta escrita por un pequeño grupo de vecinos de un pequeño barrio de una lejana ciudad, educadamente pidiendo permiso para decorar un trozo de calle con imágenes de Pluto y compañía.

Infante vive en Milà i Fontanals pero siempre ha hecho la fiesta en Puigmartí, y tiene un anillo y una pulsera grabados con el escudo de la calle

Fue de la comisión de fiestas de la calle de Puigmartí de donde un día brotó la idea de hacer bingos para financiarse, “y se llenaba la calle”, recuerda Infante, “la gente no cabía, se ponían en los portales y contra las paredes”. Y enseña las fotos. “¿Lo ve? Fue un éxito tal que las demás calles acabaron por copiarse”. Como todos los que disfrutaron de las fiestas cuando Gràcia y la ciudad eran otra cosa, el que fuera jefe de máquinas de una rotativa recuerda con nostalgia los tiempos en que las fiestas “eran familiares”, “eran fiestas de barrio”, “no estas fiestas masificadas donde la gente viene a beber y emborracharse”. “Cuando entró la cerveza en la fiesta cambió todo”, dice. Pero la fiesta mayor sigue siendo la fiesta mayor, esa celebración mayúscula, esa semana esperada el resto del año. “Hasta que me muera seré fanático de las fiestas”.

El vecino del barrio que siempre ha arrimado el hombro para hacer agostos memorables los años los recuerda por decorados, como otros los recuerdan por los viajes que hicieron o las personas que conocieron, y aquellos que como Infante han estado todos los veranos de su vida (“nunca he hecho vacaciones en agosto”, dice) al pie del cañón tienen en la mente décadas de decorados para recordar: el de los pingüinos, el de Playmobil, el de Walt Disney, el de las fresas, el de la chimenea…

Mercè Torrent, Maria Peregrín y Rosa Muntané, en la calle de Verdi. / CARLOS MONTAÑÉS

Esperando una palmera

Todos esperaban la palmera. El decorado de aquel año incluía una y entonces no era como ahora, que la cosa se habría resuelto con un gran trozo de porexpán modelado durante semanas. Entonces, una delegación de la calle se desplazó hasta el muelle para hacerse con una, una de verdad. Parece ser que así era entonces, se llevaba la gente palmeras del muelle para decorar sus calles. “Y estábamos todos a la espera, me acuerdo. Queríamos asistir a la llegada de la palmera. Era emocionante”. O aquella vez que hicieron un decorado de Sant Medir que incluía un caballo, y fueron al matadero a conseguir una cola auténtica.

Las veteranas de Verdi recuerdan cuando se ponían vestido para ir a bailar a los entoldados

Mercè Torrent, Maria Peregrín y Rosa Muntané (de izquierda a derecha en la foto) son las veteranas de las fiestas de la calle de Verdi. Tienen 74, 82 y 86 años respectivamente, y recuerdos de la fiesta mayor del barrio que abarcan décadas. Se acuerdan; a veces sin fechas, pero se acuerdan: de un techo de lianas que se vino al suelo por culpa de la lluvia, de otro hecho de banderolas de colores que con el agua soltaban la pintura y manchaban a todo el que pasaba por ahí. “¡Ay! ¿Te acuerdas del cuarto de baño?” “Ah, el cuarto de baño, claro, qué bueno…” “El Señor de los Anillos también fue muy bueno”.

Vivieron las tres los tiempos de los entoldados, cuando las señoritas se ponían su mejor vestido y los señoritos se ponían el traje y se encontraban allí para bailar. “Ah, aquello era muy bonito. El entoldado de Sol, o el de la plaza del Diamant. Cada noche íbamos allí de fiesta. Te sentabas y esperabas a que te sacaran a bailar”. “Y venían los cantantes de la época, José Guardiola, Juanito Segarra, Lorenzo González…” “¿Te acuerdas de los agentes de la Guardia Urbana en la entrada? Muy elegantes, con el uniforme de honor…” “Y el baile de ramos, ¿os acordáis?” “Cómo no me voy a acordar. Los chicos tenían que comprarte un ramo y sacarte a bailar. Se anunciaba con una corneta, pero en cuanto sonaba la mitad de los chicos salían corriendo para no pagarte el ramo”.

Joaquín Ordobás, en el local de la comisión de fiestas de Fraternitat. / ELISENDA PONS

El 600 y las fiestas de Gràcia

Cuando Joaquín Ordobás se instaló en Fraternitat la calle no estaba incorporada a la celebración de la fiesta mayor. Era 1968. Pero volvió a los festejos en el año 77, y en eso tuvo algo que ver este hombre nacido en Velilla de Ebro hace 75 años, porque fueron él y unos amigos que había hecho en el lugar los que impulsaron la creación de la comisión. “Convocamos a los vecinos, hicimos una reunión y conseguimos que la gente se implicara”. El primer decorado de aquella etapa fue una discoteca. El segundo, un circo. “Pero de los decorados memorables que hemos hecho en todos estos años yo me quedo por ejemplo con uno que hicimos de la Rambla, o uno de un parchís. En una época teníamos delineantes y pintores en la comisión y eso se notaba. Es muy importante tener a este tipo de personas en la comisión”.

Necesitaban una barca y la trajeron de Vilanova; unos árboles y los compraron en el Montseny

El entusiasmo de la gente y sus ganas de quedarse en agosto en la ciudad trabajando para la fiesta sufrieron un golpe duro con la popularización del 600, que sacó a muchos a la carretera. “Pero en general, en la calle siempre ha habido mucha implicación”. Ordobás se acuerda del año en que necesitaban una barca para el decorado y se desplazó una comisión a Vilanova a traer una; de cuando se necesitaron árboles y se fueron al Montseny a comprarlos. “Ahora todo es con porexpán”, dice. El que ha sido tesorero y cajero de la comisión anda por estos días ocupado, como siempre por estos días. No ha mermado su entusiasmo por bajar a la calle a lijar o a recortar o a pintar, por comer en una larga mesa con los demás vecinos, por ver cómo poco a poco las cosas van tomando forma. “Las cenas de aquel entonces, ah. Eso sí que ha cambiado. Entonces éramos 80 o hasta 100 personas sentadas en la mesa, y había mucho ambiente”. 

Antes eran barcas de verdad. Antes se usaban escaleras, no grúas. Antes se bailaba más y se bebía menos. Antes las cenas eran multitudinarias. Antes se presentaba Joaquín Ordobás en las oficinas principales de un gran banco a pedir ayuda para la fiesta y siempre, siempre salía con algo.

Isabel Carrera en la calle Progrés. / CARLOS MONTAÑÉS

Aquella gran fantasía oriental

Recuerda Isabel Carrera el año en que la calle Progrés ganó el primer premio del concurso de decorados con un trabajo “monumental” dedicado a China, 'Fantasía oriental'. “Quedó muy bonito”, recuerda, mientras vuelve con la cabeza a aquellos años 50. El decorado dejó financieramente exhaustas las finanzas de la calle, y al año siguiente no había dinero para hacer grandes cosas. “Teníamos un carpintero en la calle que hizo 11 jugadores del Barça, 11 del Espanyol, las dos poterías y eso fue todo, no había para más. Seguíamos empeñados con lo de China”.

"Teníamos dos niñas y cada año estrenaban un vestido para las fiestas"

Carrera se había criado en el barrio del Clot pero estaba instalada en Gràcia desde el año 48, y se había incorporado con entusiasmo a unas fiestas que había admirado ya antes en calidad de visitante. Le gustaban los prolegómenos tanto como las fiestas en sí. Recuerda que entonces la calle era de piedra y “las aceras no eran planas”, lo cual daba otro sentido al acto de bajar la silla de casa para sentarse en plena calle. “Pero se estaba la mar de bien”, dice. “Teníamos dos  niñas y cada año estrenaban un vestido para las fiestas”. Se queda pensando y rectifica: “Las niñas del barrio siempre estrenaban vestido para las fiestas”.

Carrera recuerda –porque lo vivió– el declive de la celebración durante el franquismo, “hasta que solo quedaron cuatro o cinco calles que hacían la fiesta”, y dice que un decorado dedicado a los puntaires “hacia el año 1947 o 1948” no obtuvo el puesto que se merecía “porque era muy catalán”; y luego agrega que eso era lo que se decía, al menos. “Otra vez hicimos la Cruz de Mayo, y también quedó muy bonito, y la torre del reloj de la plaza de la Vila también nos quedó muy bien”. Nunca fue del agrado de esta mujer que está a punto de cumplir 91 años acercarse a la plaza para la ceremonia de premiación, pero hace tres años, cuando la calle se llenó de zombis y estaba en boca de todos que Progrés sin duda ganaría, hizo una excepción y asistir. “Que fiasco –dice–. Va y quedamos cuartos”.

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