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el barrio que no duerme

24 horas en el pandemonio de la Barceloneta

Los vecinos del barrio toman el sábado las playas en protesta por el póquer de problemas que les condenan a un sinvivir

Carles Cols / Barcelona

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Madrugada en el hotel Playa de la Barceloneta. / ELISENDA PONS

Hagamos números. Nueve turistas con sus respectivas maletas esperan el pasado jueves por la mañana para entrar en una finca de la calle del Mar, en la Barceloneta. Van, eso parece, a un piso turístico. Legal o ilegal. Eso tanto da para la división que viene a continuación. Porque el piso prototipo del barrio es el ‘quart de casa’, así que si el destino del grupo es una de esas viviendas, salen a 3,1 metros cuadrados por cabeza. Los hoteles cápsula de Tokio, por aquello de buscar un punto de referencia, ofrecen al cliente dos metros cuadros para dormir, que es solo un poco menos, pero las maletas van aparte, así que los nueve de la calle del Mar o encajan las suyas como muñecas rusas o, bueno, que cada cual se imagine la escena como quiera. Bienvenidos a la Barceloneta, en términos de densidad de población flotante, la Calcuta del turismo. Habrá quien diga que cada verano se cuenta lo mismo. No. Parece que va a peor.

2016 fue el año en que los turistas se quejaron de que había demasiados turistas. La repanocha. Este año es peor

Lo de los nueve con nueve maletas en 28 metros cuadros es solo un apunte del natural, una simple observación en esta semana de mitad de agosto que casi termina, un preludio informativo de la manifestación que este sábado tienen convocada en la playa los vecinos del barrio, que, según dicen, están más hartos que el año pasado del sinvivir que comporta la masificación turística, y eso que el 2016 ya fue repanocha, pues recuérdese que fue el año de la encuesta que parecía de chiste: "El 58% de los turistas se quejan de que hay demasiados turistas". Pues este año, más.

"Créame, aquí solo descansamos cuando llueve", explica Lourdes López, vecina y una de las portaestandartes de la Plataforma en Defensa de la Barceloneta, que el sábado, a las 10 de la mañana, estará en la Calita, la playa frente al restaurante Salamanca, para protestar en contra de (atención que las quejas se amontonan) la especulación inmobiliaria, el incivismo, la inseguridad, los robos y la privatización del espacio público.

Voley y sangría

‘Nullius in verba’. Ese es el lema de la Royal Society de Londres. Que no te lo cuenten, ve a verlo tú mismo, se podría traducir más o menos. Pues eso, inmersión en la Barceloneta, un lugar donde cualquier cosa es posible. Un ejemplo. Sebas, vecino también y alguien a quien debería ser difícil sorprender a estas alturas, explica la última pillería de este verano, que efectivamente le sorprendió. "Hay un espabilado que alquila por dos euros las pistas de voley de la playa, ¡las municipales! Ofrece un vaso de sangría incluido en el precio", asegura. Es como los gorrillas que aparcan coches en Sevilla, pero en versión 2.0. Lo hace a través de una aplicación de móvil. A la que alguien se despiste, también lo llamará economía colaborativa.

Las playas, añade Sebas, no son el peor de los problemas de los vecinos del barrio. La medalla de oro del podio se la lleva de calle la gentrificación, con esos alquileres abusivos, inasumibles para los salarios locales. La de plata, tal vez, el incivismo, las juergas de noche en el piso turístico que no dejan dormir, y las de la calle, a las que luego iremos. Pero, de entrada, lo de las playas tiene su recochineo, porque son una de las señas de identidad del barrio. Lo que los canales son a Venecia.

La italizanización de las playas de Barcelona / ELISENDA PONS

Durante el mandato de Xavier Trias se llevó a cabo un cambio significativo en la gestión de las playas de la ciudad. Se apostó por la italianización parcial de las zona de baño, se aprobaron concesiones privadas de tumbonas y parasoles. Son porciones de playa en que es obligatorio pagar para tener un lugar bajo el sol. Los vecinos de la Barceloneta, por razones obvias, aquello no se lo tomaron bien. La manifestación del sábado se convoca en la playa no solo por eso, pero también por eso. Hay que subrayar, sin embargo, que esta batalla la tienen ya medio ganada. Este verano finalizaron cuatro concesiones de tumbonas y dos de sombrillas y el Ayuntamiento de Barcelona no las renovó. Son 1.800 metros cuadrados, que no es poco. El resto de concesiones caducan a final de este verano. Fuentes municipales anticipan que cara al verano del 2018 se volverá a la era preTrias, es decir, que cada cual conquiste su porción de arena como colonos de Oklahoma.

La Barceloneta es una ratonera a la que, eso sí, se podrá por fin llegar en escalera mecánica. El siglo XX llega por fin a su boca de metro

La medida, en realidad, es un cubito de hielo en el infierno. Los problemas del barrio son mayúsculos y las soluciones minúsculas. Ahí está el caso del metro. La parada de la Barceloneta tiene una única boca de acceso. Es de las más ingratas de la ciudad. ¡Este año tendrá por fin escaleras mecánicas para salir a la calle! ¡Año 2017! Quedarán las del pasillo subterráneo. El contraste entre esta estación (que supera los 20.000 pasajeros al día) y las catedrales de la línea L-9 (menos transitadas que el ‘Outback’ australiano) es sideral.

Lo dicho. ‘Nullius in verba’. La inmersión en la Barceloneta no se puede considerar completa sin un paseo nocturno. Por situar al lector, de cinco a siete de la madrugada. Una hora muy chunga.

Resacón en un banco del barrio / ELISENDA PONS

Antes, primero, una previa. Francesc Muñoz es un geógrafo catalán que da clases en Venecia, el Everest de la parquetematización de una ciudad realmente hermosa. Podría hablar horas de lo que le espera a Barcelona si sigue por este camino. La cuestión es que, con todo, asegura que hay un modo de disfrutar de Venecia. Consiste en recorrerla de madrugada, a la luz de la luna, con calles vacías.

A las cinco en Mordor

Pues esa etapa ya la ha quemado la Barceloneta. A las cinco de la madrugada bajan la persiana las discotecas situadas a los pies de las torres de la Vila Olímpica. Aquello es Mordor. Hay cola para el taxi. Eso no es nuevo. Aparecen lateros de detrás de las palmeras. Eso, tampoco. Lo llamativo es el tráfico de ‘rickshaws’. Parece el Shangái de los años 30.

De las discotecas se sale con un tablón (eso no es nuevo) y te llevan a casa en un 'rickshaw'. Sí, la Barceloneta 'magalufea' un poco

"Nous allons a la Barceloneta". La mayoría, a saber por qué, son franceses, pero con muy poca ‘grandeur’ a esas horas. Puede que entre ellos haya un futuro gran literato, mitad Jean Genet, mitad Hunter S. Thompson, que algún día contará cómo de joven se desmadejaba borracho en Barcelona en el asiento del vehículo mientras le llevaban a pedales al corazón de la Barceloneta, pero, por lo pronto, lo que hay ahí de madrugada, es otro tipo de decadencia y, sobre todo, un penetrante olor a orina, de ese que irrita los lagrimales. El camino hacia la Barceloneta ‘magalufea’ un poco. En la playa duerme gente. Algunos, la mona. Otros están ahí con sus sacos y sus termos. Seguir a un ‘rickshaw’ es una opción, por ver adónde va. Termina la ruta en el paseo Joan de Borbó. Son las cinco y media de la mañana. El vehículo para frente a un supermercado que o ya está abierto o no ha cerrado en toda la noche. Barcelona, 'la millor botiga del món'. Eso se decía antes. Los pasajeros entran a por provisiones. Comienza otro día. A una calle de ahí deben de estar durmiendo nueve turistas en 28 metros cuadrados.

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