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Amor en conserva

Encuentro clandestino con el artista que cuelga mensajes enlatados en los muros del Raval

Olga Merino

periodico

Performance de los artistas de las latas ME LATA EL CORAZON
Performance de los artistas de las latas ME LATA EL CORAZON
Performance de los artistas de las latas ME LATA EL CORAZON
Performance de los artistas de las latas ME LATA EL CORAZON
Performance de los artistas de las latas ME LATA EL CORAZON
Performance de los artistas de las latas ME LATA EL CORAZON

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Gracias a los consejos de mi abuela —“ten conocidos hasta en el infierno”, decía—, consigo que el colega de un amigo me ponga sobre la pista del artista de las latas, el individuo que llena el Raval con mensajes pintados sobre botes vacíos de hojalata, como el que engalana el cruce de la calle Tallers con Ramelleres, justo enfrente del Bar Cèntric. Un rótulo algo abollado que dice: “I’m doing nothing” (no estoy haciendo nada).

Las pesquisas, los desencuentros en plan película de espías, se prolongan durante varias semanas porque el latero en cuestión se escurre cual anguila en el lodo, al estilo de Banksy, el grafitero de Bristol. Ni le mueve el ego ni tiene interés alguno en asomar por los medios porque prefiere conservar el anonimato y el chute de adrenalina de hacer algo prohibido. Encima, si le pillaran por mi culpa, podría caerle una multa de narices.

Prefiere ocultarse en el anonimato por seguir disfrutando del subidón de adrenalina

DOS EN UNO

Al final, logramos concertar una cita en el estudio del artista, situado en una azotea cuyo cuarto del lavadero atesora un verdadero arsenal de aerosoles Montana en todos los colores del arco iris. Y latas, claro. Recipientes reciclados de Fanta, de tomate frito, de olivas grandotas. “No tenemos nombre propio, nunca lo hemos tenido y por ahora no lo vamos a tener. Lo que nos caracteriza son las propias latas, no necesitamos firma”.  La sombra perseguida habla en plural porque resulta —oh, sorpresa— que el artista no es uno, sino dos: un chico y una chica que son pareja y tienen dos hijos, uno de 5 años y otro de apenas seis meses, cuya crianza los ha mantenido alejados de las calles. Y hasta aquí se puede leer.

Roto el hielo de la primera impresión, se percibe enseguida que su talante esquivo no es pose ni márketing: ambos sobreviven con trabajos digamos nutricios, de ganar lo justo, para dedicar las esquirlas de tiempo sobrero a su pasión, que es el arte. Él, de cocinero; ella, hasta que fue mamá, en el guardarropía de algún local nocturno.

Desde el nacimiento del bebé, la primera de sus incursiones artísticas la perpetraron la semana pasada en la tienda de ropa vintage Holala! (Valldonzella, 6), adonde llegaron, colgaron sus mensajes enlatados sobre una pared pintada de negro y se largaron antes de que algún espontáneo entre el respetable los reconociera. La obra, no obstante, podrá contemplarse en el local hasta que se esfume la alegría del verano.

'ME LATA EL CORAZÓN'

Al montaje en el comercio lo han bautizado como EN AMOR A DOS, porque, en realidad, todo es culpa del diosecillo de las alas y las flechas. Ambos se conocieron en el Sant Jordi de 2014 vendiendo rosas para una oenegé, y ahí se fraguaron tanto la relación como un proyecto artístico que puebla las calles con mensajes de amor escritos sobre cervezas consumidas: “Me lata el corazón”, “Love is in the air”, “Amor és la solució” o “Tú haces que la vida se me vuelva de colores”, este último instalado en la Barceloneta.

Acaba de instalar un mural en la calle Valldonzella, en la tienda de ropa 'vintage' Holala!

Desde que se conocieron, han realizado más de un centenar de intervenciones sin más armas que sendos pares de zapatillas para echar a correr si los sorprenden y la “supercola secreta” con la que pegan las ristras de latas pintadas a la pared. En una ocasión, a punto de ser pillados, disimularon dándose un beso de los de película.

Por el camino, han recibido el aplauso de otros creadores —en el código gestual de la calle, esto se hace estampando tu firma de artista en la pared de la obra que te gusta en señal de reconocimiento—, pero también algún reproche. Que si romanticones, que si cursis, que si Bustamantes. El picotazo minoritario de quienes creen que el 'street art' debe ser punkarra y ciscarse en la poli. “Mucho mensaje comprometido, pero luego qué, ¿qué hacen quienes critican para mejorar el sistema? Nada”. Por lo menos, sus latas de colorines alegran el paseo. Y en parte tienen razón: tal como está el patio, la única revolución posible es el amor.

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