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UNA ZONA DEGRADADA

Baró de Viver: un barrio arrinconado

El vecindario trata de combatir los tres déficits que le lastran: el aislamiento, la carencia de equipamientos y la falta de tejido económico

Víctor Vargas Llamas

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Un vecino del barrio juega con su perro en una plaza dura de Baró de Viver. / RICARD CUGAT

Casi todo parece concebido con carácter provisional, casi de urgencia, en Baró de Viver, un barrio humilde que acumula ocho décadas de existencia sin sacudirse la sensación de ser un incómodo apaño urbanístico. Esa impresión que quedó cuando el Patronato de la Habitación edificó unos inmuebles al estilo de las casas baratas de la época para acoger a la inmigración del momento en una situación que se repitió en los 50, con las nuevas olas de recién llegados. El Plan Especial de Reforma Interior de 1985 contribuyó a paliar algunos de sus déficits estructurales, pero 30 años después el barrio mantiene grandes desafíos por resolver.

UN VECINDARIO QUE SE RESISTE AL AISLAMIENTO

Baró de Viver fue uno de los espacios más beneficiados por la creación de la Ronda de Dalt y la de Litoral, que envuelven al barrio y contribuyen a romper su ancestral aislamiento, para lo que también fue importante la inauguración en 1983 de una estación de metro. Pero la accesibilidad es aún asignatura pendiente a ojos de sus habitantes. Lo denuncia David García, vicepresidente de la Asociación de Vecinos Pi i Margall, y pone como ejemplo que el autobús 73 dejará de funcionar el 29 de febrero y acabará servicio en Bon Pastor, al pasar a ser la línea H-4. "Esa línea era la única que te deja en Sant Andreu, donde tenemos la oficina bancaria que dejó de operar aquí y otros servicios básicos", expone Manoli Villalba, presidenta del Centro Cultural Andaluz. Villalba destaca que "en los últimos años han dejado de operar tres líneas en el barrio" e incide en que el problema de movilidad se agrava "con lo lejos que está la estación de metro para la gente mayor y la inseguridad que siente al ir allí al oscurecer”.

SIN EQUIPAMIENTOS POR LA DENSIDAD DE POBLACIÓN

Los vecinos conocen al dedillo el censo de Baró de Viver sin consultar documentación oficial. “Desde hace muchos años, al acudir a reclamar mejoras para el barrio nos responden con la misma cantinela: somos 2.300 vecinos, una cantidad insuficiente para tener derecho a según qué servicios e infraestructuras, según nos dicen”, destaca Villalba. Bajo esa premisa, la respuesta negativa del consistorio de turno se ha ido reproduciendo cada vez que denunciaban carencias del vecindario, con unos servicios sanitarios, equipamientos deportivos y una biblioteca como los más demandados. “Los chavales no tienen 'casal’ y aún espero que me respondan a la petición de dos simples canastas para jugar al baloncesto”, expone García. La excepción, la “chulísima guardería municipal”, dice Villalba, una de las voces más respetadas en el barrio.

LA CARCOMA DEL PARO

Da tanta pena encontrar a chavales de veintitantos años sentados en el parque sin nada que hacer. El 80% están parados”, se lamenta Villalba. “El desempleo es el mayor problema que tenemos y consecuencia de otras carencias en el barrio, como la escasez de tiendas”, destaca García. Para comprar, hay que desplazarse a las grandes superficies del entorno o a barrios mejor surtidos de oferta comercial, como el núcleo urbano de Sant Andreu o Santa Coloma de Gramenet. Villalba denuncia la ausencia de establecimientos tan cotidianos en otros lugares como un banco o una gestoría y esperan que el proyecto Sinèrgics contribuya a paliar el déficit comercial y la lacra del paro. “Los jóvenes necesitan una oportunidad para montar negocios que enriquezcan el barrio y les permitan tener un futuro. Somos de Sant Andreu solo para salir en el mapa; para todo lo demás, somos el culo del mundo”, denuncia Villalba. 

Temas: Empresas

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