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Porro World Congress

Unas 35.000 personas asistieron el fin de semana pasado a la feria Spannabis

RAMÓN
Vendrell

Solo me sentí Norberto Notorius en una actuación de Grateful Dead por mi ignorancia sobre el mundo cannábico. No cantaba como canta siempre el inútil 'estupa' de las historietas de los Freak Brothers porque el personal era variopinto en aspecto y edad. Y no se me escatimó información sino todo lo contrario porque Spannabis es una feria comercial como el Mobile World Congress o Construmat y en consecuencia un periodista es una posibilidad de promocionar un producto.

Cerca de 35.000 personas visitaron el fin de semana pasado la duodécima edición de Spannabis, en Cornellà. De ellas, casi 2.000 fueron profesionales, esto es propietarios o gestores de bancos de semillas, grow shops, clubs cannábicos y demás negocios marihuaneros. Extranjeros, muchos de esos profesionales. Por ejemplo el emprendedor estadounidense que en previsión de que en breve se legalicen en Florida el consumo de cannabis y su trastienda vino a por semillas de las variedades que quiere ofrecer. Llevaba una lista de lo que necesitaba y en unas horas del viernes, el día más de business, cerró los tratos. Hablamos de la que quizá sea la cita fumeta más importante del planeta. Aquí se estrenan las novedades del sector. Un montón.

"Hace dos años pensaba que el cannabis se regularía en España en dos décadas por argumentos terapéuticos y de libertad individual -dice Raúl del Pino, responsable de comunicación de Spannabis-. Ahora pienso que se regulará mucho antes por lógica capitalista: es una actividad económica importante". Prepárense para informes del lobi de la maría tipo 'El impacto de los clubes cannábicos en la economía de Barcelona o Cuántos extranjeros dejarían de ir al Sonar y al Primavera Sound si no pudieran pillar hierba alegremente en la ciudad'.

El olor de decenas de porros se mezcla con el de productos porcinos a la plancha y frituras varias en la zona al aire libre de Spannabis. Visto desde fuera esto debe de humear como un poblado sioux.

Queso viejo y diésel

Lo primero que hace falta para cultivar marihuana, tu sabrás a qué escala, es tener semillas de marihuana. Feminizadas, claro está. Se venden en los bancos de semillas y hay grandes familias (kush, haze, cheese -porque huele a queso viejo-, diésel -porque huele a las emisiones de un motor ídem-, pineapple, etcétera) que indican por dónde van a ir los tiros, léase el colocón. A partir de estas variedades asentadas los genetistas de los bancos de semillas hacen las mil y una y bautizan sus creaciones con más o menos sentido del espectáculo. Amnesia Haze, Vainilla Kush y así. "La potencia se da por sentada. Nos sobra potencia -dice Toni Alzamora, genetista mallorquín de la firma holandesa Barney's Farm-. Yo busco mejorar el aroma y el sabor".

Alzamora está ahora enfrascado cual alquimista herbáceo en estabilizar una nueva planta que tiene como base un landrace originario de Alaska (sí, de la fría Alaska: "Donde hay hombres hay cáñamo", dice). Da unos cogollos morados, casi negros, que Alzamora enseña en un táper orgulloso pero no del todo. "Dentro de siete meses hablaremos", dice.

Elegidas las semillas, Spannabis ofrece soluciones sofisticadas para todo tipo de cultivos. ¿Dentro de casa? Habitáculos de materiales que para sí querría la NASA, iluminaciones fantacientíficas, estructuras hidropónicas de las que te dicen que saldrá una nueva forma de vida y te lo crees, sistemas de extracción e intracción de aire, controles de temperatura y luz, neutralizadores del olorazo a maría (como el Kryptonite).

En cuanto a parafernalia de consumo, triunfan los vaporizadores, que ponen del revés sin combustión y por tanto son apreciados por el creciente grupo de consumidores no fumadores. Uno, estrella del camuflaje, es como un Ventolín.

A la salida de la feria, una mujer reparte tarjetas de una empresa especializada en recurrir multas por consumo de drogas.

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