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El modelo turístico de Barcelona

Morir (o no) de éxito

Barcelona busca revertir los beneficios del turismo en toda la ciudadanía para combatir el creciente rechazo popular

PATRICIA CASTÁN
BARCELONA

Protesta de los vecinos de la Barceloneta.

Protesta de los vecinos de la Barceloneta. / ALBERT BERTRAN

Cualquier barcelonés que viaje a Londres, Nueva York, París, Tokio, Berlín... puede hacer la prueba. Explica que es de Barcelona y la reacción del interlocutor suele ser inmediata: una sonrisa, una exclamación, un piropo. Por suerte o por desgracia, la capital catalana está de moda, con un crecimiento turístico imparable en los últimos años hasta alcanzar los 27 millones anuales estimados de viajeros, entre quienes pernoctan (la mitad) y quienes vienen de excursión a pasar el día. Pero si se realiza el experimento a la inversa y se cita la palabra «turista» a un barcelonés, cada vez es más posible que este responda con un gesto de hastío.

Saturación, incivismo, negocio en pocas manos... se asocian al fenómeno, en especial en las zonas tomadas. El ayuntamiento, que trata de descentralizar la afluencia potenciando los atractivos de otros distritos (en una estrategia más simbólica que práctica), asume ahora que es necesario que el residente perciba algún beneficio del turismo. Alguna compensación. Como primera medida, pedirá que lo recogido por la ciudad en concepto de tasa turística de alojamiento no se destine a promoción y acciones vinculadas al sector, sino a mejoras para la ciudad y sus vecindarios. Pero hará falta más para que las zonas más invadidas firmen una tregua.

Aproximadamente tres de cada cien personas que circulan un día por la ciudad son visitantes, según cálculos del director del Institut Superior d'Estudis Turístics, Josep Antoni Donaire, y contabilizando la población local y la que viene a trabajar de otros municipios. ¿Son demasiados o es viable crecer hacia los 10 millones de huéspedes a los que aspira el Gremi d'Hotels (en el 2013 hubo 7,58 millones alojados en hoteles)? La proporción viajero-residente no representa una invasión, opina Donaire, pero la concentración espacial en Ciutat Vella, sobre todo en el Gòtic y la Barceloneta, y en el Eixample, donde se ubican los puntos de interés, está llevando a esa sensación colectiva de desequilibrio. Tanto que ha acabado movilizando al barrio marinero y contagiando a otros que hoy se sumarán a la insólita (por novedosa) manifestación en el centro de Barcelona contra los excesos del turismo.

Los defensores de la expansión turística, iniciada tras los Juegos del 92 y cimentada en modestas acciones promocionales en el extranjero -el consorcio público-privado Turismo de Barcelona siempre ha contado con recursos limitados- y en un boca a oreja de alcance mundial recuerdan que el sector va mucho más allá de lo vacacional. Ferias, congresos, festivales, inversiones extranjeras han servido para poner el foco. Y un exitoso mix  de oferta arquitectónica (con nueve edificios Patrimonio de la Humanidad por la Unesco), oferta cultural, playas, carácter de los ciudadanos, oferta comercial y de ocio (los seis aspectos mejor puntuados) han hecho que Barcelona sea un destino estrella. Es quinta de Europa en volumen de viajeros (cuarta en volumen de viajeros internacionales) y 17ª del mundo. Y es la primera del continente entre las que no son capital de Estado.

CIFRAS Y PERCEPCIONES / Con este panorama, si se atiende a las cifras todo parece óptimo: supone entre un 10%-12% del PIB (datos del 2013), genera unos 120.000 empleos vinculados y unos ingresos de 37 millones de euros diarios (13.400 en el 2012,  ya que el nuevo informe está en vías de elaboración) con un gasto por persona que va de los 732 euros del viajero de negocios a los 654 del vacacional, y alimenta 69.000 plazas hoteleras,  10.200 pisos de uso turístico legales, albergues y hostales. Sin síntomas de sobreoferta, vista la ocupación hotelera del 94% este verano, aunque con 2.039 reuniones y congresos el año pasado que mantienen la tasa alta todo el año. Por no hablar del efecto amortiguador en la restauración tras la caída de consumo interno, y en el comercio, al que destinan el 34% de su gasto en la ciudad.

Pero cuando el foco se pone en la calle, las cifras se desintegran. Uno de los líderes de la revuelta vecinal de la Barceloneta, Sergio Arnás, lo glosa como «el límite» en la explotación de un barrio. Para Lluís Rabell, presidente de la FAVB, el peligro radica en un «modelo de turismo especulativo y masificado que rompe los barrios», que beneficia a grandes operadores, aniquila el comercio tradicional, con la colaboración activa del ayuntamiento al permitir que «el negocio privado» tome la vía pública, en forma de terrazas, y al primar inversiones dirigidas al visitante. También otras voces críticas arremeten contra las obras para mejorar ejes de oro como el paseo de Gràcia. Y Arnás pone el acento no solo en la saturación, sino también en la mala gestión de la oferta turística, al no haber actuado el consistorio contra la economía sumergida que encabezan los pisos turísticos ilegales. Con el matiz de la Assemblea del Raval, que apunta que el problema no es el turismo low cost -«nosotros también lo somos cuando podemos viajar»- sino «la expulsión» del vecino. Saturación, monocultivo comercial, incumplimiento de las normas y encarecimiento del alquiler tradicional (por la oferta desviada al turismo) son algunos pecados capitales del sector.

La crisis reconcilió al ciudadano con el turismo (sector resistente) y elevó hasta el 97% (2013) la percepción generalizada de que es beneficioso, pero el último barómetro municipal (en julio) ya alertaba de que el porcentaje de barceloneses que creen que se ha llegado al límite ha pasado del 32% al 49,3%.

No lo comparten las administraciones y patronales del sector. El nuevo director de Turismo de Barcelona, Jordi William Carnes, enmarca el actual conflicto en un contexto de permisividad propia de países mediterráneos, con más vida en la calle en verano, y con casi 14 millones de excursionistas de un día llegados de la costa y concentrados sobre todo en dos meses.

Un éxito turístico del que muchos no sacan partido, amén de haber afectado a la convivencia. Por ello, urge a implantar un sistema de control de quien contrata pisos turísticos, habida cuenta de que se trata de un alojamiento en auge «en todo el mundo» que no se puede prohibir pero hay que regular con rigor. Descarta que sea un problema de modelo, vista la pluralidad de viajeros y que el 64% de alojados en hoteles hasta mayo optaron por cuatro, cinco estrellas o lujo. «El reto ahora es que quien no está vinculado al sector también perciba sus beneficios y experimente ese retorno». Sea mediante ventajas o mejoras directas en su barrio, apunta.

CONTRAPARTIDAS / En este sentido, la concejala de Economia, Sònia Recasens, agrega que el próximo paso de Barcelona es lograr que el impacto turístico compense a todos. Como primera medida, reclama que la parte de la tasa turística que se lleva Barcelona (8,27 millones desde final del 2012, la mitad para el consorcio y la mitad para el consistorio) se destine en este último caso a la ciudad, y no a promoción. «A contrapartidas que el ciudadano perciba».

En el Gremi d'Hotels asumen que ese crecimiento que esperan solo cuajará descentralizando y en un clima de respeto. Y en Apartur defienden que los pisos por días, precisamente, permiten al ciudadano formar parte del pastel turístico y romper lobis.

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