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BUCÓLICOS ANÓNIMOS

Los perros perdidos

Joan Barril

Se les puede ver junto a los contenedores rebosantes, mercados, descampados y parques públicos. Alguno lleva todavía el collar que algún día sus dueños le pusieron con una anilla en la que engarzar la correa. Es difícil intentar llegar hasta ellos, porque la calle les ha hecho desconfiar de los desconocidos. El perro perdido pasa por dos etapas de desconcierto. En los primeros días el perro se acerca a una distancia prudencial y nos mira a los ojos. Ha encontrado en nuestra silueta los ademanes y el paso de sus antiguos dueños y en su aproximación se distingue una curiosidad innata y hasta un movimiento sincopado del rabo. A partir de un cierto tiempo el perro perdido rehuye el contacto con los humanos. Sus pasos rápidos le llevan hacia la acera contraria. Alguno de ellos, sin duda educado por sus amos, ha aprendido a cruzar las calles transitadas junto a las piernas de otros transeúntes y al llegar al otro lado del paso de peatones, acelera y se pierde por las callejas.

A veces al perro desaparecido se le intuye por la angustia de su dueño que le busca. Le llama en voz alta por encima del estruendo del tráfico y a veces pregunta a tenderos o a jubilados: «¿Han visto ustedes un perro? Es de color negro con las patas blancas». No le han visto porque el perro perdido se convierte rápidamente en el perro invisible. El propietario del perro fugitivo va dándose cuenta de que nunca ha sido propietario de nada y que de ahora en adelante llegará a su casa y nadie responderá a sus pequeñas órdenes. El perro perdido deja siempre un hueco en el alma de los que le buscan, resignados a que su mascota acabe en manos de la perrera municipal o tal vez sea adoptado por otro solitario necesitado de compañía.

«¿Cómo ha podido hacerme esto a mí?», se pregunta el frustrado amo. Podría tratarse de una pulsión poderosa como el celo o las ganas de buscar novia. El perro percibe el celo de una hembra a muchos metros de distancia y el sexo conoce razones que la razón no aporta. Los humanos tienen una memoria de la que el can carece. Lejos quedan las teorías de Konrad Lorenz contándonos cuando el hombre encontró al perro. La ciudad es demasiado grande para un animal y su velocidad le aleja de su barrio y de los olores conocidos. ¿Caerá bajo los colmillos de otro perro mayor que se le tirará al pescuezo? ¿O acaso será víctima de algún bocado envenenado? A eso se le llama zoonosis y años atrás era famosa una tal señora Ferragut a la que se le encargaba la eliminación de gatos demasiado prolíficos.

Milagros perrunos

Pero también hay milagros perrunos que salen en los periódicos. Son esos canes que un mal día se pierden en el campo y que, sin embargo, logran regresar por su instinto hasta sus casas. Me detengo a leer el periódico en el banco de un parque público. A esas horas todavía no hay nadie, pero un perro sin pedigrí se me acerca y se sienta a mis pies. Luce un arañazo bajo la oreja. Le digo que no soy Konrad Lorenz y que nos haremos compañía un rato pero que luego basta. He hablado con un perro y miro a mi alrededor con una cierta vergüenza. Me olisquea los zapatos y suspira. La sombra del hombre le da sosiego y calma. Dejo el periódico sobre el banco y me voy lentamente mientras él se queda guardando mis papeles llenos de desgracias. Al llegar a casa está en el portal como si esperara que saque la llave y subamos juntos a compartir la vida. Una vez en la sala de estar el perro busca un rincón y se duerme mecido por un sueño de pienso y carne picada. Decido llamarle Verdi, por aquello de Aida que dice «Ritorna vincitor!»

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