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BUCÓLICOS ANÓNIMOS

La cabeza como pedestal del arte

JOAN BARRIL

El sombrero era una prenda que había ido adaptándose a los tiempos. Hay sombreros o gorros que imprimen carácter. Los hay de carácter litúrgico como la mitra o la tiara. Algunos tienen connotaciones profesionales como los bicornios de los oficiales de la Marina cuando todavía se navegaba a vela. Existen gorros simples y uniformes como los gorros insurrectos de Mao Tse Tung o los gorros frigios que Delacroix pintó en la despechugada Marianne de La revolución guiando al pueblo. Tocados plumíferos como los de las tribus indias de América del Norte o cilindros arrugados de todos los brujos que en el mundo han sido.

Pero el Occidente civil pasó por una penuria de sombreros y de tocados después de la segunda guerra mundial. La victoria franquista nos anunció que «los rojos no llevaban sombrero». Pero ahora, cuando ya casi no quedan rojos ni siquiera cabezas, los sombreros se han quedado en los armarios y los tocados femeninos se encontraban en los baúles de la abuela. Para vencer esta inercia se celebra estos días de la mano de Gratacós una semana del sombrero. Y hay que penetrar en ese mundo que remata el mundo para ver que el cuerpo humano es, ante todo, un pedestal de la imaginación y de las ganas de gustar. Gratacós ha decidido recomenzar la resurrección de las cabezas a partir de la belleza y el rigor de esa prenda histórica que tanto sirve para mantener la temperatura de los calvos como para elevar el rostro femenino a la categoría de joya de la imaginación. En el fondo, la iniciativa de Gloria Gratacós, la animadora de la semana del sombrero, lo que pretende es combatir el injustificado sentido del ridículo que se enrosca en los cabellos de los que quieren lucir su estirpe un poco más arriba o un poco más atrás. Con un sombrero o un tocado, la gente deja de ser gente para convertirse en la persona que hubiera podido ser o tal vez la que ya ha sido.

Entro en Gratacós, en ese lugar en el que el paseo de Gràcia deja de ser una pista de paseo para transformarse en un cruce entre París y Londres. Ahí están las obras de Julio Quijano y de Anna Blau. La imaginación que esos artistas expresan en sus piezas está a medio camino entre el arte pictórico y la orfebrería de los materiales. Hay una concordancia entre esas piezas únicas destinadas a entronizarse en cabezas también únicas. Anna Blau me muestra un brazalete extraído de un pedazo de tela de un traje de torero. Le digo que es fascinante. Y que el cuerpo humano tiene muchas partes que cubrir y que añadir belleza a la belleza.

Mientras tanto, ahí quedan los sombreros habituales y una cierta nostalgia de esas prendas masculinas que, al igual que las corbatas, buscan ofrecer pequeños matices dentro de la gama uniforme de las cabezas supuestamente nobiliarias. Los Borsalinos, los Stetson, los Panamás -que no vienen de Panamá sino del Ecuador- los flexibles Rogge de Sudáfrica o los fieltros tiroleses propios para ir de caza. En la Barcelona que aspira a salir de la crisis el sombrero es el punto de admiración de la silueta y el disfraz más sencillo en el que ya no se sabe si las ideas están dentro del cráneo o se muestran en la parte exterior. Tampoco sabemos qué hacer con los sombreros. ¿Hay que descubrirse ante las señoras? ¿O por el contrario hay que considerar que somos extraños soldados de un regimiento civil? El sombrero es un glorioso camuflaje. El tocado no es otra cosa que las plumas del pavo real. En cualquier caso, el mundo de lo que nos lleva de cabeza emerge de nuevo. Y en esos sombreros y tocados se percibe la seguridad de estar adheridos a un salvavidas que nos salva de cualquier naufragio.

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