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a pie de calle

La Escocesa, un oasis en el vacío

Catalina Gayà

La calle de Pere IV resume un siglo de Barcelona. Justo después de que la cicatrice la Diagonal y el transeúnte se pierda para volver a encontrarla, Pere IV es la radiografía de todo aquello que fue, pudo ser y nunca fue esta ciudad. Hay fábricas vacías, hay solares yermos, hay fábricas que se quemaron (así en reflexivo), hay una fábrica que funciona como centro de creación y que, en realidad, es una muestra de que la unión de las personas puede ganar hasta la batalla de la especulación.

En Pere IV hay vecinos que siguen en pisos de obreros y, pese a que las inmobiliarias especularon con ellos y con sus existencias, han resistido. Por haber, hasta hay una iglesia que tiene enfrente una parada de bus. El martes la parada y la iglesia estaban desiertas. En el único bar que sobrevive en ese tramo de Pere IV, entre Bac de Roda y Selva del Mar, los coches se detienen desorientados para preguntar direcciones.

Frente a la parada de bus, lo que antes era el gran complejo de La Escocesa tiene ahora la puerta pintada de colores. No funciona el timbre, pero los colores son la muestra de que hay vida. La cita es a las 12.30 horas, pero el vacío hace que esta cronista dude de si esta calle es real y de si esto es Barcelona. Sopla la brisa y una abeja ronda por la parada. Kike Bela, músico y coordinador del espacio, abre la puerta.

Tras la persiana, sigue en pie lo que fuera La Escocesa, la fábrica de producción textil fundada en 1852. El complejo traslada a quien lo ve a la revolución industrial sin ni siquiera abrir un libro.

Desde 1999, La Escocesa funciona como espacio creativo. Primero, una nave que congregaba a colectivos y a artistas, y ahora como fábrica de creación que pertenece al ayuntamiento y que gestiona la Associació d'Idees. Marco Noris, artista visual, dice que los creadores llegaron al Poblenou porque se les echó del centro. En La Escocesa se congregaron hasta 100 artistas, pero los vientos especulativos llegaron a la fábrica.

En el 2006, quisieron también echarlos. Una inmobiliaria adquirió el complejo y proyectó viviendas de lujo. El barrio se puso en pie de guerra. Otra nave industrial estaba a punto de ser solo papel de periódico. La movilización fue tanta que el ayuntamiento adquirió dos de las naves y las catalogó como patrimonio industrial. Las otras naves pertenecen ahora a un banco.

A esos dos años de lucha, que en este caso acabó con victoria, se sumó una derrota que ahora se ha traducido en un naufragio: «Hay un déficit de espacio para artistas visuales», dice Noris y quizá por eso los creadores se van. Barcelona ya no tiene la fuerza que antaño atrajo a artistas de todas las disciplinas. Berlín, Estambul y Ámsterdam le han ganado la carrera. «La ciudad no supo gestionar el éxito, por incapacidad o por desconocimiento», explica Noris. Una de las causas, de hecho, se asoma por la ventana: la especulación del suelo. Un vecino resistente ha colgado una toalla desgastada en el balcón.

Los artistas van y vienen. Ahora hay 25, dice Bela. No hay fronteras entre La Escocesa y el barrio. La relación existe porque están ahí. Bela invita a la cronista a subir a la azotea. Por el camino, ve los estudios de Jorge Rodríguez y de Diego Mallo. Desde la azotea se ven los hoteles; los solares de la crisis, y este 22@ que, ha dicho Noris, «no tuvo en cuenta el tejido artístico del barrio». La cronista sale a la calle. La parada de bus está en una calma chicha. En el Poblenou, el cielo es más azul que en otros barrios de Barcelona.

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