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a pie de calle

Escapar por las azoteas del Born

CATALINA GAYÀ

Llego con el pijama dispuesta a pasar la noche en una cama ajena. La cita es cerca de la calle de Princesa. Ahí, me dice la dueña del piso, casi cada noche la despiertan los mismos gritos atormentados. Un «ayuda, ayuda», generalmente en inglés, seguido por una corrida en pelo. Alguien que pisa fuerte, que se va, que ya no está y, detrás, la dueña del bolso en tacones y a la desesperada tras el ladrón. De repente, el taconeo se lentifica y ella rompe a llorar. Puede pasar a cualquier hora de la noche, advierte la dueña.

A medianoche, aún en plena sobremesa y con el pijama en la mochila, se escuchan gritos. Salgo al balcón y veo al ladrón. Sé cómo actúa porque siempre es el mismo proceder y vuelo a la azotea con el eco de los tacones de la chica en los oídos.

El chico es lo que en el argot de la calle se conoce como un g-star: vestido de marca de arriba abajo y caminante de la noche hasta que identifica a una presa. Por la hora, hoy ha cazado a la primera. En el Born, abundan los ladronzuelos fashion. Son fáciles de reconocer porque se les ve solos caminando sin rumbo, conectados a un mp3, zapatillas modernas y manos en los bolsillos. La policía los tiene fichados, pero ellos se saben la ley al pie de la letra.

Deambulan por la calle de Carders y pendonean por la plaza de Sant Agustí Vell. Su territorio es el de las calles cercanas, nunca las céntricas, donde se pierden los despistados o pasan los confiados. Si no encuentran una presa, sus piernas los llevarán a Sant Martí, donde están los botines más preciados.

Desde la azotea solo veo oscuridad. Hace frío y tiemblo. Sé que unos edificios más adelante el ladrón entrará en un portería sin cerradura. Subirá las escaleras hasta llegar a la azotea y escapará, cual gato pardo, de terrado en terrado hasta que se lo coma la noche. Luego, esperará con paciencia gatuna. Cogerá el dinero y, en otra escalera también sin llave, bajará a la calle con actitud de guapo. Un vecino se encontrará el bolso cuando suba a tender la ropa.

Veo movimiento en una azotea lejana. Con las prisas me he dejado las gafas y no alcanzo a ver bien qué ocurre. Mi corazón palpita desbocado. Me imagino que es el chico, pero sinceramente no lo sé. Luego, ya no veo nada. Me precipito por las escaleras. La calle está en un silencio espeso. Decido que regresaré a casa.

Por si acaso, me pongo el dinero en un bolsillo. Otra técnica de robo que se estila en el Born es pasar en bicicleta y robar al vuelo el bolso de alguna mujer despistada. De nuevo, la presa es una mujer. Ocurrió frente a mí hace meses.

Piernas ayudadme, cruzo Via Laietana, hasta que llego al Gòtic. Ahí, me dicen quienes saben y conocen los bajos fondos, los ladrones actúan de otra manera. Va para otra crónica y quizá tarde meses en encontrarlo. Ahora quiero llegar a casa. Me meto en la cama. ¿Sería el ladrón lo que vi en la azotea? Revivo los gritos angustiados de esa chica; la oscuridad de las callejuelas. Imagino al ladrón sonriendo. Me quiero dormir.

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