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Análisis

Victoria sin esmoquin

Martí Perarnau

La noche de los récords no fue noche de gran partido, quizás porque el patatal de Mónaco impide jugar al billar y las playeras que aún gastan algunos jugadores del Barça, escasos de forma, entorpecen sus movimientos. Patatal más balón de playa, entorno coherente con el pulso vital del equipo, todavía muy lejos de sí mismo como se comprobó en las dificultades para presionar arriba de manera permanente.

Difícil arriba y muy complicado abajo si el entrenador, hipotecado por la baja de Piqué, planta un trío espeso para sacar el balón. En situaciones así es cuando las ausencias de Piqué, el central que estira al equipo, y de Busquets, ancla y vela, adquieren su mayor dimensión.

Mascherano, Abidal y Keita, los menos capacitados para la salida limpia de balón, estudiantes aventajados del idioma Barça, pero que no lo hablan con fluidez, recibieron el encargo de dar el paso más importante de la ruta: el primero. Más que pasarse el balón, parecían pasarse el miedo de uno a otro.

Sacar el balón de forma diáfana es la madre de todos los engranajes azulgranas y encargárselo a este trío es como jugar con los tobillos atados. Muy probablemente había buenas razones para ello, pero la impresión visual fue que el entrenador apostó por jugar maniatado, como agigantando aún más el reto ante un gran rival.

La consecuencia del atasco fue que Xavi tuvo que retrasar su posición y eso fue entrar en el túnel del tiempo y aparecer en 2003, cuando el de Terrassa jugaba de 4. La historia ya nos ha demostrado con posterioridad que Xavi ha de jugar una línea por delante, ahí donde su dominio se demuestra letal. 2003, el año en que Messi y Cesc ya se asociaban a ciegas para componer sinfonías magistrales. 2003, año en que el Barça frenó su caída libre y se lanzó a esta escalada indomable que le ha llevado a batir todos los récords. Récord para Xavi (18 títulos), para Pep (12) y para el club (15 europeos, 76 en total). Conquistar este triunfo cuando el Pep Team aún juega con sordina constituye una declaración irrevocable: incluso en los días espesos, el colectivo tiene tan interiorizado su estilo y fundamentos tácticos que es capaz de seguir ganando incluso sin esmoquin. No ha sido una conquista exuberante y deliciosa como la de Wembley porque la locomotora no está engrasada, pero continuar ganando en estas condiciones catapulta las expectativas.

Del resto, lo habitual. O sea, lo sublime. Las manoplas de Valdés, cada día más supermanesco; la electricidad de Pedro; el control del ritmo en Xavi; el dominio del espacio de Cesc, époustouflante en su retorno; la brujería de Iniesta, congelando el tiempo, desactivando al Oporto con sus quiebros de cintura y la dulzura de sus miradas de reojo.

Y Messi.

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