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Chequeo de la cohesión social metropolitana (y 5)

El milagro de Bellvitge

La metamorfosis del barrio de L'Hospitalet es un ejemplo sobre cómo combatir la marginalidad

En 1965, los vecinos pedían un ambulatorio, hoy reivindican huertos urbanos; así ha cambiado

Carles Cols

Fastidia, pero 48 años después no queda más remedio que reconocer que en cierto modo no mentía la Inmobiliaria Ciudad Condal cuando en 1964 publicitaba el barrio de Bellvitge, entonces aún en construcción. El milagro de Nuestra Señora de Bellvitge. Una miniciudad con todos los servicios a nivel europeo. Viva en plena naturaleza. Menudos sacamuelas, por definirlos en términos suaves, eran los responsables de aquel proyecto urbanístico. Sobre unas de las tierras más fértiles de Catalunya levantaron un centenar de bloques de edificios para que unas 43.000 personas fueran protagonistas del primer gran experimento de barraquismo vertical de España. El 18 de octubre de 1965 se estrenó el primer edificio. La construcción era veloz. Se levantaban paredes con piezas prefabricadas procedentes de Francia. Aquellos embaucadores de la inmobiliaria levantaron un barrio sin pavimentos, sin escuelas, sin transporte público, sin ambulatorio, sin mercado… Cuarenta y ocho años después, sin embargo, Bellvitge es uno de los barrios populares de Catalunya con mejores cimientos sociales. Fastidia aceptarlo, pero, aunque tarde, el milagro de Bellvitge ha acontecido.

Recapitular la historia con final feliz del más atípico barrio de L'Hospitalet es hoy oportuno pues durante toda esta semana EL PERIÓDICO le ha tomado el pulso a los barrios de Barcelona y de su área metropolitana que van cuesta abajo sin freno (Sant Roc, en Badalona, por ejemplo) o, por el contrario y con mucho mérito, reúnen todas condiciones para degenerar a la categoría de suburbio y no lo hacen. Bellvitge, en este sentido, es una pieza casi arqueológica de la que se pueden sacar interesantes conclusiones, no solo por su increíble metamorfosis, sino porque muchas de las condiciones que lastraron su nacimiento como barrio se reproducen hoy en otros puntos de Catalunya.

El de 1964 fue un año extraño. No ha habido otro más fecundo en la historia de España. Ni antes, ni después. 697.697 bebés nacieron aquel año. Fue una cifra récord, como lo eran las de las estadísticas de migraciones. En 1964 Catalunya batió su plusmarca en recepción de inmigración. Llegaron, sobre todo a través de la estación de França, 126.000 personas, mayoritariamente y por este orden andaluces, extremeños, manchegos y castellanoleoneses. En cuatro años ya eran 400.000 los nuevos catalanes. Si una década merece ser comparada con aquella es la que va del 2000 al 2010, cuando unos 950.000 extranjeros fijaron su residencia en Catalunya, preferentemente en barrios mal dotados, no tanto como Bellvitge hace 48 años, pero no muy lejos de ello.

¿Qué hizo Bellvitge que merezca la pena ahora no olvidar? Lo primero y más importante fue que tejió de inmediato un red asociativa de arácnida resistencia. Aún no había finalizado la construcción de todos los bloques de viviendas y ya había protestas en la calle en demanda de equipamientos. El bloque E-52, por ejemplo, tuvo que levantarse bajo protección policial.

La primera línea en la lista de demandas vecinales era, curiosamente, un ambulatorio. Es curioso porque circunstancialmente vuelve a estar al frente de la lista actual de reivindicaciones de la Asociación de Vecinos de Bellvitge, que se opone con una vitalidad envidiable a los recortes impuestos por la Generalitat en materia de sanidad. Francisco Gago Lebrón, presidente de la organización vecinal, recuerda que el barrio renunció a una zona verde para que el centro de asistencia sanitaria pudiera construirse, así que ahora no acepta que ese espacio asistencial funcione a medio gas.

Lo del ambulatorio hoy, con perspectiva histórica, es entre coyuntural y anecdótico. La prueba es cuál es la segunda demanda que los vecinos plantean al ayuntamiento para este mandato. «Queremos huertos urbanos, ¡ah!, y que reparen las aceras», reconoce Gago, vecino de Bellvitge desde 1966, cuando con un año de edad llegó allí con sus padres.

EL ARTE DE LA GUERRA VECINAL / A los barrios, por sus reivindicaciones los conoceréis. Si se acepta ese lema, Bellvitge es el paradigma de una victoria alcanzada a costa de aplicar metódicamente los conceptos militares de Arthur Wellesley, duque de Wellington: «El arte de la guerra consiste en llegar a lo que hay al otro lado de la colina». Así fue como Bellvitge logró parar primero los pies a la Inmobiliaria Ciudad Condal (29 bloques proyectados no se llegaron a construir) y ganó sucesivamente después los pulsos del ambulatorio, de la escuela, de la pavimentación... Colina a colina.

Es cierto, sin embargo, que tenía algo de lo que la mayor parte de barrios marginales carecen: espacio. La arquitectura de Bellvitge fue puesta a menudo durante los años 80 y 90 como ejemplo de los que el urbanismo no debe nunca más repetir. Era una barrio al que muy pocos extraños iban y que solía ser juzgado desde la ventanilla del coche cuando se circulaba por la autovía. No es este el caso de Núria, que a finales de los 70 pisó por primera vez Bellvitge, pues le tocó en suerte el instituto INB3. «Cuando conocías a la gente, cambiabas de inmediato de opinión», recuerda Núria, de apellido Marín, hoy alcaldesa socialista de la ciudad. Con ella apetece explorar los secretos del milagro de Bellvitge.

«El primer ayuntamiento democrático heredó un barrio sin equipamientos, es cierto, pero con espacio para planificarlos bien y construirlos sin apreturas», explica la alcaldesa. Es decir, esa criticada arquitectura de fichas de dominó propició a fin de cuentas que la labor mano a mano entre los responsables municipales y los vecinos fuera lo suficientemente fructífera como para que en los años del pandemónium inmobiliario, es decir, hace nada, los residentes no se vendieran el piso y se embarcaran en aventuras hipotecarias en otra parte, cuenta Marín.

Ese ha sido precisamente el drama de otros barrios de Catalunya, donde la población autóctona, como si se tratara de un relato de ciencia ficción, fue sustituida casi en un pis pas por otra procedente de todos los rincones del mundo. Solo así se entiende que en Bellvitge el porcentaje de inmigrantes ni siquiera alcance el 15%. Su integración ha sido así más fácil.

«Creo de verdad que Bellvitge es la historia de un éxito», concluye Marín. Aunque con medio siglo de retraso, Inmobiliaria Ciudad Condal no mintió.

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