DURO REVÉS EN HAMPDEN PARK (PUBLICADO EL 17-5-2007)

Otro final cruel


Una pareja de seguidores se lamentan en Glasgow. FOTO: JORDI COTRINA.
JUAN TERRATS / ENVIADO ESPECIAL
GLASGOW

El Espanyol dejó escapar la UEFA como hace 19 años. El Sevilla, el vigente campeón, se impuso en la tanda de penaltis de la final. Fue una derrota cruel. Igual que en Leverkusen en 1988. El conjunto catalán cayó con la cabeza muy alta, con honor, sin haber perdido ni uno solo de los 15 partidos. Ni siquiera el de ayer, que tuvo que alargarse hasta la prórroga. Todo se resolvió en los lanzamientos de pena máxima. Palop, el guardameta sevillista, hizo que se repitiera la historia negra del Espanyol. Pero la derrota debería servir para impulsar al equipo a cotas más elevadas.

Hay madera, hay garra, hay cantera, hay afición. Hay futuro, mucho futuro. Se desaprovechó la segunda final de la historia perica, pero con estos jugadores, con la afición que acudió a Hampden Park se puede ir al fin del mundo.

El fútbol es un deporte de supersticiones, de manías. Daniel Sánchez Llibre, el presidente del Espanyol y su hermano Josep, besaron antes de iniciar el choque una medalla de la Virgen de Montserrat, ritual que solo hacen en partidos importantes como el de ayer en Glasgow; Jarque pisó el césped con el pie derecho, los aficionados trajeron de sus casas en Catalunya las camisetas de finales anteriores, de las copas de Valencia y Madrid, como era el caso de David, un enorme perico de Sant Adrià que se vino con dos bufandas blanquiazules, la del Bernabéu y la de Mestalla, ésta última sin lavar desde aquel verano del 2000. Y ¡qué decir del rito del autocar perico!. Ayer, por las estrechas y embotelladas calles de Glasgow el equipo repitió el ritual de las Copas. Zabaleta y Pandiani comenzaron a cantar y contagiaron al resto del equipo, a los aficionados.

Los prolegómenos del partido fueron similares a los del año anterior en Madrid. Antes del inicio, De la Peña volvió a abrazarse a todos sus compañeros. A Luis García, a Rufete, a Moisés, a Jarque, a David y luego se formó la piña blanquiazul. La tensión era evidente en Hampden Park.

LA RESPUESTA DE RIERA
El buen inicio blanquiazul se cortó en una contra que inició Palop con la mano y acabó Adriano (m. 18). Fue un gol del campeón. Y crisis en el sector este del estadio, el perico. Fue un palo enorme. La grada blanquiazul tardó en reaccionar unos minutos, el varapalo fue un trago difícil de digerir. "¡Que bote Nervión! ¡Verderón el que no bote!" ¿El equipo de Valverde asimilaría el gol o se hundiría como en Leverkusen? Riera respondió con un gol (m. 28). Entonces se calló el sector sevillista, el del oeste.

Hampden Park estaba viviendo un partidazo entre dos equipos que no renunciaron a sus estilos de juego. Había partido.

El Espanyol había empatado. Anímicamente se creció. Se notó al inicio de la segunda mitad con el zurdazo de Riera que chocó contra el larguero tras el desesperado despeje de Palop (m. 57). Pero todo cambió con la expulsión de Moisés (m. 68). Fue más que una expulsión. Era dar ventaja a un todopoderoso Sevilla, una máquina en el aspecto ofensivo. El Espanyol iba a jugar con un hombre menos y sin Tamudo --le sustituyó Lacruz-- hasta el final. Era la hora de la épica, del sufrimiento, de morderse la lengua y luchar contra la fatalidad. Contra el recuerdo de Leverkusen. Era la hora de sufrir.

"Este partido lo vamos a ganar", gritaba la zona blanquiazul, que sabía que el equipo estaba herido de muerte. Había que aguantar hasta la extenuación. La Copa o la vida. Y el equipo aguantó hasta el final. De forma épica. Hasta la prórroga. Como en 1988. Sí, otra vez surgió el recuerdo de la primera final europea.

Fue emocionante ver cómo los jugadores animaban a la grada antes del inicio de la prórroga. Y la grada respondió. Y animó, y se desgañitó, y apoyó, y empujó a un equipo diezmado, a un equipo que se sabía inferior en el campo, pero que estaba enrabietado. Herido, pero vivo. Eran un hombre menos, pero hubo raza, garra. Dieron todo. Se vaciaron. Aguantaban por las almas de los 13.000 socios que acudieron a Glasgow en busca de la revancha.

Todo el estadio sabía que el Sevilla tenía las de ganar, jugaba con demasiada ventaja. Era una auténtica epopeya aguantar el empate ante el mejor equipo de la Liga. La fruta estaba madura y tarde o temprano tenía que llegar el bajonazo sevillista en forma de gol. El Espanyol era mágico pero también terrenal. Y Kanouté no perdonó (m. 105). Lógico.

El esfuerzo se pagó caro. Parecía que el Sevilla tenía la final en su bolsillo, pero apareció Jonatas y sorprendió a Palop con un disparo salvador (m. 125). El equipo había logrado una proeza. Empatar un partido que tenía perdido. Nadie hubiera dado un euro por el empate catalán. Jonatas hizo el milagro. El equipo se tenía que agarrar a la tanda de penaltis. Como en Leverkusen, ¡maldita sea! En aquella ocasión Losada envió el último penalti a Alemania del Este. Anoche, la fatalidad apareció otra vez desde los 11 metros. Luis García, Jonatas y Torrejón fallaron ante Palop, el héroe de la noche. El Espanyol volvió a perder como hace 19 años. Pero el equipo salió reforzado. Luchó hasta el final. Y los pericos se lo agradecieron. Fue una derrota grande. Enorme. Una derrota que tiene que servir para impulsar a una entidad que tiene futuro, mucho futuro. No hay dos sin tres.

 
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