
He consultado internet. Ayer las calles de Santiago no estaban mojadas, como ese lejano día que Víctor Jara nos cantó, para decirle al mundo que en Chile se mataba. Amanda paseaba por esas calles sin otro rumbo que el de su hombre que no llegaba, y la siniestra sombra de la dictadura se cernía sobre ella y sobre el cantante que la cantaba, el cantante que también fue asesinado. Ha muerto el dictador Pinochet, tranquilo, en la cama donde mueren los justos o los asesinos impunes. Y los miles de muertos y torturados que poblaron su tiempo, su largo país y su biografía, no han tenido quien les otorgara un acto de justicia. Siete veces perdió la inmunidad parlamentaria y otras siete, cual número maldito, la volvió a ganar, para vergüenza de su pueblo y de la historia. Dicen las crónicas que miles de chilenos le están llorando. También dicen que la mayoría de chilenos no quieren honores de Estado, y que, si lloran, es porque ha muerto sin ser declarado culpable. En este caso, como en tantos casos de tiranos mesiánicos y malvados, el país tiene el alma dividida, entre el aplauso de los que fueron felices con la tiranía, y la rabia de los que la sufrieron duramente. Cuando la justicia no cumple con lo justo, la historia no sobrevive a la confusión.
Muchos de nosotros, y hablo de mi generación y colindantes, crecimos con el mito de Chile. Cantábamos a Víctor Jara cuando él ya no tenía ni brazos para tocar la guitarra ni lengua para cantar. Como tantos, estuvo encerrado en el Estadio Nacional de Santiago y, como tantos, fue asesinado en las cloacas del régimen, sin otra culpa que anhelar un mundo mejor. Dicen los que le sobrevivieron que mantuvo la dignidad durante los días de larga tortura, y que solo hablaba de su mujer y sus hijas, su último recuerdo. Cuando visité isla Negra, el refugio de Neruda, recordé los versos del poeta que cantaba Jara: "Yo no quiero la Patria dividida / ni por siete cuchillos desangrada, / quiero la luz de Chile enarbolada / sobre la nueva casa construida". Ha muerto el asesino sin condena alguna. Sus víctimas aún gritan su dolor desde sus anónimas tumbas.