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Rossi, Capirossi y Pedrosa en la carrera de MotoGP de Malasia, en el circuito de Sepang. Dani corrió, contra todo pronóstico, y desafió a los italianos. Foto: REUTERS

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NOTICIA PUBLICADA EN EL PERIÓDICO EL 11 DE SEPTIEMBRE DEL 2006

Dios salve a Pedrosa

. Dani comparte gloria con Bautista y Lorenzo al lograr un podio con sangre, sudor y lágrimas

EMILIO PÉREZ DE ROZAS
BARCELONA

Puede que lo volvamos a ver. O puede que no. Puede que ni siquiera él se atreva a protagonizar, de nuevo, una gesta tan heroica como la de ayer cuando se encaramó al podio del Gran Premio de Malaisia herido, ensangrentado, cosido, fracturado, torturado, sudoroso, fatigado, dolorido, exhausto.
Era evidente que si alguien podía hacerlo era él, Dani Pedrosa, un muchachito que ni siquiera ha cumplido los 20, capaz de ganar tres mundiales seguidos, de superar dos graves lesiones en ambos tobillos, de coronarse rey de dos y medio en el primer año y capaz de ganar la primera carrera que disputó en el cuarto de litro. Capaz de ser el más joven en todo. Pedrosa está hecho de la pasta con la que se hacen los sueños y ayer lo demostró en Sepang.

DECISIÓN ARRIESGADA
Dos horas después de que Álvaro Bautista (Aprilia, 125cc) se colocase, tras otro de sus paseos magistrales en la pequeña cilindrada, a un solo punto de su primer título mundial --es decir, tiene suficiente acabando el domingo en Phillip Island (Australia) entre los 15 primeros-- y poco antes de que Jorge Lorenzo (Aprilia, 250cc) concluyera su séptima exhibición de la temporada (Jerez, Qatar, Mugello, Assen, Donington, Brno y Sepang), Dani Pedrosa entró, como un torbellino en el box y le dijo al oído a Alberto Puig: "Voy a correr, que me pinche el doctor".

Hasta aquel momento, todo el paddock sabía que Pedrosa, revelación del campeonato, rookie de la temporada, terror de los campeones, príncipe de Honda, líder de una nueva generación de pilotos que se atreven con todo y con todos, no iba a correr el primero de los tres grandes premios consecutivos que pueden decidir --o casi-- el título más prestigioso. A partir de aquel momento, cuando vieron a Pedrosa cojear hacia la clínica móvil del circuito de Sepang sospecharon que la victoria y el podio subiría de precio. Como así fue.

Descontado el título de 125cc --en poder de un arrollador Bautista, al que ayer tampoco pudo dar réplica el bueno de Mika Kallio (KTM)-- y confirmado que Lorenzo ha cambiado su chip tremendista por la calculadora para apropiarse, más tarde que temprano, de su primer cetro mundial de 250cc (el año que viene intentará repetir), el campeonato de MotoGP ha pasado a ser ya cosa de tres: Nicky Hayden (214 puntos), Dani Pedrosa (192) y, cómo no, Valentino Rossi (188). Pedrosa sabía que no correr en Sepang le impedía comprar el billete hacia la gloria y, por tanto, aunque fuese sangrando y mordiéndose los labios, decidió correr, admirar al mundo y conquistar el octavo podio en 13 grandes premios en la primera temporada entre los reyes.

SALIDA PORTENTOSA
Su equipo le preparó la moto ideal, una máquina surgida más de la imaginación y eficacia de su gente que del tacto de Pedrosa, ya que entre el viernes y el sábado apenas había dado 30 vueltas al trazado de Sepang. Así que, como siempre, Dani se fio de los suyos, convencido de que aquel corcel de acero que habían puesto en sus manos era lo suficientemente bueno como para intentarlo. Pero, no solo le dieron un buen caballo, también le subieron a él, ofreciéndole un taburete de madera para que, sobre la misma parrilla de salida, el tricampeón se subiese a la moto. Él, por sí solo, no podía dar un paso.

La primera línea estaba compuesta, casi por sorteo, por Rossi, Capirossi y Hayden. Y entre todos ellos se coló, de forma magistral, aguerrida y atrevida, Pedrosa. Nada más apagarse el semáforo, el hijo del viento salió volando. El mundo se convirtió en un grito único de admiración. El herido había resucitado. Cosido, golpeado, magullado, Pedrosa salió disparado como una flecha al grito de "¡fuerza y honor!", como Gladiator, en pos del escándalo, del podio más sufrido de su carrera.

ROSSI, EL VIRTUOSO
La carrera, que conste, tuvo en el doctor a un vencedor virtuoso, aunque luego lo estropearía todo en el podio con un gesto indigno de un heptacampeón al mofarse, a su manera, graciosa e inofensivamente, según él, de su ya máximo rival: apareció en el podio con una silla que, en lugar de ofrecérsela a un Pedrosa que no podía sostenerse en pie, la utilizó para sentarse en plan monarca. Lo que es: un rey caprichoso, maleducado.

El magnífico pulso entre Rossi y Capirossi, que acabaría sucumbiendo al empuje del campeón, concedió aún más valor a la gesta de Pedrosa, cuyo bronce le mantiene, no vivo, sino como claro favorito para arrebatarle la corona al soberbio Rossi y dejar boquiabierto al mundo.