Al ver la primera foto de Kate McCann, me quedé estupefacta. El osito me pareció un complemento más de aquella mujer impecable de andar tranquilo. Yo, que he sido educada para no llorar, he intentado imaginarme en su lugar, y he concluido que no estaría porque trabajo tendrían para sacarme de la cama. Y, si me requirieran en comisaría, imploraría un coche donde ocultarme y en el que me tiraría cual colilla. Y cada día peor, pues cuatro meses sin saber de una hija hunden el ánimo más fuerte. Aceptar la muerte de un hijo ya es terrible condena; que desaparezca sin rastro, sin su cuerpo, aunque sea inerme, es tortura aún más cruel.
No sé cómo acabará esta historia. Y no soy quién para acusar a nadie. Pero, aunque valoro la entereza, tanta me produce escalofrío. Ver a Kate con ese pelo brillante de mechas impolutas me supera. Y que el padre califique de "insólito" que se sospeche de ellos es apelativo insólito. Porque esa sospecha es monstruosa, no insólita. Claro que los McCann sedan a sus hijos para largarse a cenar. Algo sin duda raro. E insólito.