Cuando Tamudo, en el minuto 15 de la segunda parte, lanzó por encima de la portería una pelota que era más fácil meter dentro, entendí, por si me hacía falta aún una evidencia, que este año ya no será triunfal. Fue como un signo. Si creyera en lo sobrenatural, estaría convencido de que algún ser superior nos mandaba esa jugada para que cayéramos definitivamente del pedestal, que ya ayer era simple tarima.
No es que fuera Tamudo quien jugase mal, sino que, siendo el símbolo del equipo, su error es también el cartel colectivo. El cartel de la tristeza, la depresión y la impotencia.
Ayer, estarán de acuerdo conmigo, el Espanyol luchó y quiso recuperar lo perdido. Y lo peor es que no pudo. Algunos arranques de jugada prometían, pero todos sin excepción acabaron con un "¡lástima!". Y las llegadas del Racing nos pusieron al borde de la lista de espera del cardiólogo. Pero, siendo sinceros, no podemos quejarnos de las ganas que volcaron sobre el terreno.
Es decir, el problema no es que la plantilla esté llena de mercenarios, como algunos seguidores gritaron ayer. Nosotros no tenemos jugadores que estén ahí solo por la pasta --tendría gracia, con el presupuesto del club--. Vamos, que me digan de alguno al que no le brillaran los ojos durante la primera vuelta cuando oía la palabra Champions y que, por tanto, no esté afectado ahora por el sueño roto.
Es más, se habló mucho en su momento de las ofertas que podían recibir varios jugadores para abandonar la casa del padre y poblar la tierra futbolística. Como comprenderán, a ninguno de ellos le interesa apalancarse, porque su precio desciende como piso de segunda mano en periodo de crisis.
Pero, en verdad, no sé si llegar a esta conclusión es mejor. Porque la impotencia es difícil de resolver. Y el desánimo --que es la sensación contraria a la que tiene un mercenario-- no se arregla ni poniendo dinero sobre la mesa. (Si lo hubiera).
Lo que antes nos espoleaba ahora nos agarrota. Las triangulaciones y las escapadas que acababan siempre en gol se pierden ahora en el mismo porcentaje. De ganar a lo tonto hemos pasado a perder por la cara. Está claro que falla la autoestima. Vale, que haya una terapia de recuperación anímica. Y veremos si eso solo arregla este drama. Si no, es que existe alguna otra causa que, de momento, nadie ha logrado explicar.
Mientras, seguimos perdiendo.