Definitivo. Esta puede ser la gran temporada del Espanyol. Confirmado. Si es capaz de arrancar un empate, un punto, un positivo, un buen resultado, en uno de los peores partidos de su vida --y no me estoy refiriendo solo a la era Valverde, no, no--, es que este equipo tiene madera de campeón, de uefo y, como diría Kameni, por qué no de Champions. Si el Espanyol arranca un 2-2 cuando debió perder es que sabe lo que quiere y cómo lo quiere. Si empata cuando juega mal o, incluso, cuando no juega, cuando se niega a jugar, cuando renuncia a todo, por comodidad, por posturitas, porque se cree, sin serlo, superior al rival, entonces es que estamos ante una versión catalana (y excelente) de ese Real Madrid que saca adelante los partidos sin querer.
SUSTO A LOS DOS MINUTOS
Los de Valverde lo tuvieron anoche todo a favor para ganar, y bien, en el Ono Estadi, pero se conformaron con el empate y, sobre todo, con dejar pasar el tiempo sin convertirse, pese a tener esa posibilidad, en el equipo revelación de este inicio de Liga. Cierto, empezó perdiendo nada más salir del vestuario, gracias a una de esas pillerías que Ibagaza se inventa en cada partido. Faltita sacada a la velocidad del rayo, globito sobre la defensa blanquiazul y remate de Arango con su zurda prodigiosa. Dos minutos: 1-0 a favor del Mallorca.
Pese a ese gol, el Espanyol siguió viéndolas venir. Todo, absolutamente todo, lo que ocurrió anoche en Palma lo hizo el Mallorca. Bueno, el Mallorca y, por supuesto, Undiano Mallenco. Y, cuando digo que todo lo hicieron los rojillos, me refiero al fútbol, al juego de ataque, a las ocasiones y también, sí, también, a los goles del Espanyol.
Porque el empate blanquiazul (minuto 20), tras dos sustos de Güiza y Arango, fue obra, precisamente, de un cabezazo del venezolano que entró por la escuadra de su colega Moyà. Luis García sacó una falta desde la posición de extremo izquierda y Arango remató a gol. Y, cinco minutos después, pelotazo sin sentido, en plan rugbi, de Clemente, Tamudo que baja el balón a lo Tamudo, ya saben, como si lo pinchase con un tenedor, Ballesteros que le afronta y el gran capitán que se cae al suelo. Y, claro, como se trata de Ballesteros, etiquetado ya por todos los colegiados como conflictivo, al penalti le sigue su expulsión. Demasiado castigo para un rifirrafe muy sospechoso. Penalti y gol de Tamudo.
Sin pegar golpe, sin hacer nada, sin querer, el Espanyol se puso por delante en el marcador, que no en el juego pues siguió siendo, no solo rácano, vago, torpe y poco sacrificado, sino que, además, fue insulso, pobre y miedoso. Los blanquiazules vivieron, que no jugaron, con un jugador más a lo largo de 36 minutos y no fueron capaces, ni quisieron, de sentenciar. Moyà, que lo sepan, no detuvo ni un solo disparo a puerta, mientras que Güiza (m. 38), Borja (m. 42), Ibagaza (m. 78) y Arango (m. 80) hicieron emplearse a fondo al camerunés Kameni.
POCO PREMIO
El Mallorca, que ya había remontado ante el Getafe con un hombre menos, peleó como siempre y, finalmente, obtuvo el premio de afrontar el esprint final, los últimos 34 minutos, 10 contra 10. Y ahí, como el Espanyol siguió de visita y hasta asustado (Valverde cambió a Tamudo por Lacruz, en señal de bandera blanca), el Mallorca acabó empatando el partido gracias a un golazo de Güiza, que dejó sentado a Torrejón y le clavó a Kameni el gol que hacía justicia. Fue un partido disputado por dos equipos que quieren y solo pueden, de vez en cuando, como diría Manzano, "tocar las narices a los grandes" y que anoche sobrevivieron a un concierto de pito del que, dicen, es el mejor árbitro español.
El empate, claro, le sabrá de maravilla a Valverde, que sabe de esto y es consciente de que, jugando así, pierde el 90% de los partidos. Y le sabe a poco o a nada a Manzano, que perdió a Ballesteros, probablemente a Güiza por lesión y se autogoleó.