
Los culés se acostaron anoche maldiciendo a las selecciones nacionales. Con el Barça embalado tras encadenar seis victorias consecutivas (cuatro en la Liga y dos en la Champions) llega otro puñetero parón en el calendario por las eliminatorias de la Eurocopa. Un interruptus desagradable enfriará dos semanas el idilio entre el equipo y la hinchada, seducida otra vez por el fútbol de los azulgranas, bonito y contundente como en los mejores tiempos.
De la mano de Messi, y gracias a las manos de Abbiati, encarriló el Barça un encuentro que tuvo mala pinta al principio. El portero del Atlético tuvo una importancia capital en el desarrollo del duelo. Un error garrafal al cuarto de hora, cuando se le escapó desde el suelo un balón, permitió a Deco marcar el 1-0, cuando el Barça ni había olido el balón. Metió a los azulgranas en el camino del triunfo, pero también es cierto que luego les negó una goleada apabullante. Demasiado tarde reaccionó el meta. Demasiado temprano se rindieron sus compañeros, al que les cogió el tembleque cuando Messi anotó el segundo cuatro minutos después.
Abbiati no estuvo en los cinco partidos anteriores del Barça. Sí estuvo Messi, una de las razones fundamentales que explican la solvencia azulgrana. Ocho goles ha marcado el delantero argentino en los seis últimos encuentros. Siempre Messi. Acompañado un día por Iniesta y otro por Xavi, un día secundado por Henry y otro por Deco, la pulga confirmó que, hoy en día, nadie le aguanta una mínima comparación.
COMPARACIÓN INSULTANTE
En Madrid colocaron a Sergio Agüero a su altura. Una vergüenza. Cara a cara, uno en cada área, quedó de relieve que equipararles era insultante para el azulgrana. Messi intervino en dos goles, marcó uno, y remató una vez al poste, porque Abbiati, con la yema de los dedos, evitó el segundo de su cuenta. Pernía, su marcador, pasó un suplicio, sin saber nunca como frenarle. De internacional a internacional, de argentino a argentino, Messi no atiende a afinidades ni a jerarquías. Ni sucumbe al miedo de recibir un leñazo, que Pernía no le dio porque vio pronto una tarjeta. Hasta el arrebató la gloria en una internada al área de Valdés.
Agüero se comportó como un juvenil ante Puyol. Intervino 10 veces en 60 minutos, cuando Aguirre decidió retirarle de un encuentro que le vino grandioso. Perdió tres balones y cometió una falta. Como un fantasma deambuló por el césped, engullido por los centrales azulgranas. Igual que Forlán, todo sea dicho.
DOS PARTIDOS EN UNO
Del ja hi som pesimista con que se estrenó el choque se pasó al "olé, olé" con el que se cerró. El viaje anímico de la grada no fue un proceso gradual, sino que se produjo en unos instantes. En cuatro minutos, desde que las manos de mantequilla de Abbiati dejaron escapar un centro sin complicaciones de Messi. En el Camp Nou hubo dos partidos en uno.
El primero duró un cuarto de hora. Siguió el guión que había anunciado Javier Aguirre, el entrenador del Atlético. Su equipo se apoderó del balón desde el saque inicial, haciendo valer su superioridad numérica en el centro del campo. Xavi, Deco e Iniesta se medían con cinco rojiblancos. No tuvieron la pelota y no se la quitaron a los rivales, que triangularon bien en la zona ancha. Así discurría el encuentro hasta la sonada intervención de Abbiati, que más tarde se redimió con tres paradas a tiros de Deco, Henry y Xavi (m. 74).
Desconcertados --jugaban bien y perdían--, temerosos --un error, un gol-- y escasos de fe, los rojiblancos dudaron de sí mismos y lo pagaron con otro gol, producto de un chispazo. En un ángulo del área coincidieron Henry, Ronaldinho y Messi, y el argentino soltó un pepino del que Abbiati no se enteró, frío y desmoralizado. Nacía entonces el segundo partido. En el mismo campo, con los mismos jugadores. Los tres pequeños del Barça empezaron a jugar. Forlán ya no tapaba a Iniesta, Maniche ya no presionaba a Xavi y Raúl García sacaba la lengua detrás de Deco.
FIESTA INFANTIL
Desmontado el prometedor --y, por lo presenciado, frágil-- andamiaje del Atlético, el Camp Nou vivió una fiesta apta para todos los públicos, más infantil que nunca por la nutrida presencia de críos y chavales a las cinco de la tarde. Vieron a Messi desbordar como nadie, vieron a Henry correr como un novato, vieron cosillas de Ronaldinho. Vieron un paradón de Valdés, la pulcritud de Xavi, el saber hacer de Iniesta. Vieron el esfuerzo de Deco, la potencia de Abidal, la concentración de Puyol y Milito. Vieron lo que podría hacer el Atlético en esta Liga, con otro portero y en otro estadio, y vieron lo que hace el Barça. Un fútbol bueno y bonito.