
Al Camp Nou se le cayó ayer la baba, encantado como nunca con un Barça excepcional. El Camp Nou contempló entusiasmado a un equipo delicioso, el mejor que se ha visto en mucho tiempo, a la altura del campeón que fue y que andaba perdido sin que nadie supiera si algún día volvería. Ha vuelto. Anoche, el mejor Barça resucitó y construyó una obra de arte que tardará tiempo en olvidarse y que abre un futuro más que esperanzador. Más allá del recital que dio ante un Zaragoza empequeñecido (4-1), que sufrió un castigo terrible, el Barça estuvo muy cerca de la perfección. Messi estuvo perfecto. Iniesta, gigantesco.
Por si quedaban dudas, por si la mejoría exhibida ante el Lyon y el Sevilla no bastara para recuperar la confianza, el Barça dio ayer al fin el golpe que tanto se le exigía. El golpe más contundente que nadie ha dado en la Liga hasta ahora. Lo hizo desde el primer minuto, en una exhibición portentosa, de fuerza, de carácter, de genio, de todo lo que se echaba en falta, y que no merecía acabar nunca. Cuando a los cuatro minutos, Messi se desbocó por primera vez, incontenible, imparable, con el Zaragoza cayendo a sus pies, uno detrás de otro, persiguiendo a un fantasma que desaparece cuando el balón cae a sus pies, el Camp Nou se echó las manos a la cabeza. Ocurre siempre con Messi, incapaz de marcar goles sin más.
UN EQUIPO LIBERADO
La réplica instantánea del Zaragoza quedó en eso, en un rasguño minúsculo, al que Messi volvió a responder con otra de sus apariciones-desapariciones. Y ahí, en el minuto 9, se desató el vendaval. Una tormenta preciosa de fútbol, que dejó la imagen de un Barça inmenso y, al mismo tiempo, propició una pregunta inevitable ante la ausencia de Ronaldinho. Nadie le echaba de menos por más que la gente tuviera un recuerdo para él y coreara un par de veces su nombre. Esos gritos salían del corazón, del deseo de que él también participe cuanto antes de la fiesta, pero sobre el campo, el equipo actuó liberado.
Y quien ocupaba su sitio, más que nadie. Iniesta no va repartiendo sonrisas, pero juega como un ángel. No da nunca un paso de más ni un paso de menos, ni para cuando no debe. Siempre va de frente. No hay otro como él, ni aquí ni en ninguna parte. Iniesta, que marcó el tercero y dio unos cuantos más a un Henry fallón, mereció salir a hombros. Con él, el equipo siempre halla lo que necesita. Mucho más vertical, más rápido, justo lo que Ronaldinho no le da desde que no es el que era. A su lado, Deco, que estrelló una falta en el poste que Márquez convirtió en el cuarto gol, vuelve a correr lo que corría, redimido ante los culés y consigo mismo. Touré, Abidal y Milito no son mágicos, pero son un tesoro.
NUEVAS ILUSIONES
A Henry, en cambio, se le sigue esperando. Y se le perdona todo por ser quien es. Lo intenta, lo busca, pero anda quedándose a medias en casi todo lo que empieza. Ayer, tuvo cuatro ocasiones de gol y nada. Siempre le faltó algo. Pero le sobra entrega, le sobra compromiso, le sobran ganas de ser Henry de verdad. Eso es lo que se espera de Ronaldinho y eso es lo que nadie sabe cuándo llegará. Entretanto, los culés ya tienen nuevas ilusiones. Giovanni, Bojan, jóvenes que, como Messi, simbolizan ese Barça ilusionante, que no quiere perder el tiempo. Un Barça que desea hacer oír su voz y que anoche lo hizo como en los mejores tiempos.
Con el partido más que sentenciado, el equipo echó el freno. Queda mucho por delante, pero lo de anoche no se olvida. Y, para los desmemoriados, no estaban Etoo, ni Puyol, ni Ronaldinho. Mientras regresan, con Messi e Iniesta, el Barça puede estar tranquilo.