
Con otro mísero empate a cero, con otra muestra de nulidad, el Barça se ha despegado ya cuatro puntos del Madrid y anda detrás del Sevilla (con un partido menos) y se está condenando a este paso a pasarse la Liga persiguiendo a los demás. Será pronto, pero el once azulgrana no emite buenas vibraciones, a diferencia de sus principales rivales, como si no hubiera cerrado la funesta campaña anterior en la que se mostraba ramplón lejos del Camp Nou.
Jugó mal en Santander y jugó mal en Pamplona. Tal vez le falte tiempo a Rijkaard para limpiarle la cara al equipo entre tanto parón de selecciones, pero ahora parece resuelto a no perderlo ni a concedérselo a sus estrellas. En concreto, a Ronaldinho. Lo sustituyó ante el Athletic y le sustituyó ayer, a falta de 25 minutos, por Xavi. Tan elocuente fue esa decisión, como lo fue acabar el duelo brindando el debut al joven Bojan Krkic (17 años), recién incorporado al equipo, para que acompañara a Henry en el ataque.
También se estrenó como titular Giovani en un campo de hombres, en un campo donde se exige valentía por la fogosidad con que se emplea Osasuna, particularmente ansioso por salir del encierro y echarse a correr. Tras el estreno liguero en San Mamés (0-0) el pasado 26 de agosto y el aplazamiento del encuentro ante el Sevilla, llevaba tres semanas esperando el momento de jugar. Pero el once navarro no mostró ninguna determinación más allá de cerrar todos los huecos para que el Barça se aburriera primero y se desesperara después cometiendo alguna torpeza. Que las cometió, aunque se salvara.
GIOVANI NO SE ESCONDE
Encerrado entre la línea de banda y un Corrales que nunca concede un metro, Giovani no se escondió. Encaró a su par siempre que recibió el balón y protagonizó algunas acciones interesantes. Entre ellas, un mano a mano con Ricardo que marró disparando a cuerpo del portero. El problema es que no se movió de su parcela, como Henry tampoco abandonó la suya, en un defecto estructural del Barça ya conocido. Todos quisieron el balón al pie, nadie tuvo la generosa iniciativa, a veces inútil, de tirar un desmarque vertical para desorientar a la defensa adversaria. Giovani hizo el papel de Messi, el hombre al que sustituía, y el equipo echa muy de menos que alguien desempeñe el papel de Giuly.
Tampoco lo cumple Henry, muy vulgar anoche, como si visitar el Reyno de Navarra fuera comparable a jugar en el campo del Wigan o el Portsmouth, donde deben rascar de lo lindo. Tenía razón el astro francés cuando dijo que para ver a los cuatro fantásticos había que ir al cine. En el Barça, por ahora, nadie ha exhibido poderes sobrenaturales.
No ha hallado Rijkaard aún ninguna solución para que el Barça recupere la capacidad para jugar con aquella velocidad que lo hacía temible fuera de casa, con aquella osadía, con aquella temeridad, ya sea con Ronaldinho de falso delantero centro o de extremo, ya sea combinando los interiores (ayer le tocó descansar a Xavi). Tampoco desaparecen totalmente las acciones de peligro ante Valdés juegue quien juegue atrás. Con Thuram y Milito, otro que estrenó titularidad, Miguel Flaño cabeceó solo en el minuto 5 y Portillo se plantó ante el meta tras robarle la cartera al central francés.
NINGUNA PRODUCTIVIDAD
Tres pases de Ronaldinho, y tres remates de Giovani, Deco --muy similar al de su compañero-- y Henry no son un bagaje suficiente para un Barça que pretende imponer su ley. Corrió con todo el desgaste sin ninguna productividad. O, al menos, obtuvo la misma de Osasuna, que salió en el segundo tiempo más animado ante la inoperancia azulgrana. Va el excampeón por esta Liga sin ningún plan, confiado a la inspiración individual de sus jugadores, aunque Pamplona nunca fue una plaza fácil.