
BARCELONA - 1
VILLARREAL - 2
Un silencio semejante al que provocó Tamudo en la última Liga se abatió sobre el Camp Nou. Tal vez el significado fue el mismo. El capitán del Espanyol se llevó el título del estadio y anoche fue Tomasson el que hizo enmudecer al Barça a 10 minutos del final. Queda más campeonato por disputarse que entonces (11 jornadas), pero el tropezón azulgrana adquirió una trascendencia parecida. Tras situarse a dos puntos, la derrota frente al Villarreal le alejó nuevamente hasta los ocho, dando aire al Madrid y dejando de presionarle para que pague las debilidades que muestra.
En el fondo, el Barça muestra ya parecidas debilidades, y los números lo revelan. Justo cuando tenía prohibido fallar, ha encadenado dos graves derrotas que pintan a sentencia. ¿Quién puede pronosticar que los azulgranas lo ganaran todo hasta el final? Después del hundimiento ante el Atlético y de la desorientación exhibida ante un ordenado Villarreal, que se defendió con el balón en los pies, nadie.
DIMISIÓN FANTÁSTICA
La remontada de la Liga quedó en nada. Como quedó en nada la remontada que intentó el Barça en la segunda mitad para igualar el penalti de Senna. Ante la ominosa dimisión de Henry, Ronaldinho y Etoo, fue Iniesta el que empujó al equipo y sirvió un balón de oro a Xavi para colocar el 1-1. Desfondado y descolocado el Barça --desde el primer minuto--, Tomasson clavó la puntilla ante Valdés. Fue la guinda a un desastre que se intuyó muy pronto. Demasiado pronto. Desde el inicio, aunque Iniesta y Xavi mantuvieran la ilusión colectiva.
Con un jugador dolorido (Touré) y un sustancial retoque en el dibujo táctico (suprimió la figura del extremo derecho) recibió Rijkaard al Villarreal. Justo lo contrario de lo que había dicho el día anterior, cuando aseguró que su "mayor preocupación" era la salud de los jugadores --el mediocampista africano tenía lumbalgia-- y que "sería demasiado cambiar de estilo por la ausencia de un jugador". Quiso engañar al rival, en una argucia defendida por el club en la editorial de la revista que distribuye en el Camp Nou. Pero el Villarreal no se creyó las mentiras.
Sin Messi no hay extremo derecho. No hay extremo desde ayer, porque en los 13 partidos que se había perdido el argentino siempre hubo alguien que ejerció esa función. Hasta cinco jugadores había utilizado Rijkaard. Anoche probó --es un decir--, al sexto. Y es un decir porque el hombre que debía encarar a Capdevila y centrar balones fue Gianluca Zambrotta. Como si no tuviera suficiente con cerrar su parcela y con atar en corto al peligroso Matías Fernández.
FIASCO DE EXPERIMENTO
El experimento, como era previsible, resultó un fiasco. Los más despistados fueron los propios jugadores azulgranas, huérfanos de la referencia posicional del extremo derecho y sin saber cómo organizar los ataques. A esa notable ausencia hasta que entró Bojan a media hora del final, se añadía otra diferencia: había un mediapunta colocado con calzador, Ronaldinho, detrás de Etoo y Henry.
Sin jugar a nada dilapidó el Barça la primera mitad, incapaz de armar jugadas que pusieran a prueba la estabilidad del Villarreal. Tieso Touré y sin Deco en el campo, lesionado en el calentamiento, el centro del campo hizo agua.
El orgullo y la pelea no fueron suficientes armas contra el Villarreal ni contra el árbitro. Con Pérez Burrull siempre suceden cosas negativas para los azulgranas. Más allá de que le pitara al Barça el cuarto penalti en las últimas cuatro jornadas. Fue claro y justo. Su historial le delata. En 15 partidos arbitrados desde el 2000, el Barça solo ganó cinco, nunca disfrutó de un penalti a favor y sufrió cuatro expulsiones.
Sibilino como nadie entre su gremio, Pérez Burrull no fue el peor.