
El Barça se reencontró a sí mismo en un partido que tuvo de todo. Una primera parte espectacular, en la que los azulgranas destrozaron al Athletic, un segundo tiempo de toma y daca, y decisiones arbitrales para la polémica. El equipo de Frank Rijkaard recuperó la movilidad y rapidez que reclamaba el entrenador y ganó, pero lo hizo con cierta fortuna gracias a un penalti inexistente y un gol fantasma que no entró. Nadie podrá decir que la victoria no fue justa, pero el Athletic se marchó del Camp Nou sintiéndose estafado.
El Barça recuperó la senda perdida en una media parte espectacular en la que solo faltaron más goles. Cayeron dos, pero en esos 45 minutos pudieron ser más. La imagen de Santander quedó diluida desde el primer instante. Ya se adivinó algo el día del Gamper ante el Inter, pero aquello no dejaba de ser un amistoso muy amistoso, más que nada porque los italianos llegaron sin muchas de sus estrellas. Ayer no. Llegaba al Camp Nou un Athletic con hambre de reverdecer viejos tiempos y con un entrenador, Joaquín Caparrós, con fama de aguerrido. Pues el duro fue el Barça, que colocó una muralla en el centro del campo y ahogó a los rojiblancos.
El Barça mordió en todas sus líneas, desde la defensa, donde Rijkaard sorprendió colocando a Márquez y Oleguer como pareja de centrales, hasta el ataque, donde Ronaldinho hizo de Etoo. Y no solo porque ocupara su posición, la de delantero centro, sino por la garra y energía que imprimió en cada acción. Hacía mucho tiempo que el Camp Nou no disfrutaba de un Ronaldinho tan motivado, batallador, atrevido y presionante. El brasileño, con su hijo Joao en la grada, asumió su papel y el de Etoo y los beneficiados fueron el equipo y la afición, que disfrutó a lo grande.
LANZAMIENTO MAGISTRAL
El partido se puso de cara muy pronto. Ronaldinho encaró a la defensa y sacó una falta. La lanzó él mismo y clavó la pelota en la escuadra de Iraizoz. El tanto aposentó aún más a los azulgranas, que se dedicaron a jugar en campo ajeno para desesperación del Athletic, cada vez más ahogado y que solo intimidaba con disparos desde lejos, aunque con más vistosidad que efectividad.
Si el Barça pudo encerrar a los rojiblancos y apoderarse del balón fue gracias al inmenso trabajo de tres piezas. Deco, la primera. El brasileño se mostró pletórico en la recuperación del balón, ayudando a tapar las tímidas salidas rivales y distribuyendo con criterio, labor en la que se alternó con Xavi. Los otros dos fueron Zambrotta, que por fin se parece al lateral que llegó como campeón del mundo con Italia, y Abidal, que dio un recital tanto en defensa como en ataque, dejando claro que por fin el equipo tiene un lateral zurdo como Dios manda.
Tal fue la exhibición del defensa internacional francés, que se convirtió en el mejor aliado de Henry en ataque. Fue precisamente este último quien propició el segundo gol al forzar un penalti inexistente de Iraizoz. El delantero chocó con el portero y el árbitro vio falta. Ronaldinho no perdonó y finiquitó el partido. El Barça, sin embargo, no redujo su marcha y siguió apretando, pero la falta de puntería una vez, en un disparo de Messi que salió desviado tras una excelente pared con Ronaldinho, e Iraizoz, que rechazó un chut a bocajarro de Ronnie después de una gran asistencia de Abidal, evitaron que el marcador fuera más abultado.
La segunda parte empezó al ralentí. Era imposible mantener esa velocidad en el desplazamiento del balón y tanta movilidad. El equipo retrasó algo sus líneas y se dedicó a verlas venir. Y tanto fue así que llegó un primer susto, pero Oleguer, como ya hiciera en Santander, le birló la pelota a Vélez cuando se disponía a fusilar a Valdés. El toque de atención desperezó a los azulgranas, que recuperaron el timón de un partido que empezó a enloquecer. Henry, más voluntarioso que eficaz, envió un tiro al palo, el segundo en la Liga, y poco después el Athletic ponía el miedo en el cuerpo gracias al gol de Susaeta tras un rechace corto de Valdés. Y cuando el Camp Nou temía volver a un final de infarto, salió Touré. El marfileño, pieza básica en la posición de mediocentro y descubierto como cañonero a distancia, se inventó un trallazo que tocó en el larguero y botó sobre la línea. No entró aunque el disparo lo merecía. Eso debió pensar el juez de línea, para alivio culé e indignación del Athletic, que no supo ni aprovechar la expulsión de Márquez. Koikili cazó a Giovani y se ganó la roja.