
El Barça de Ronaldinho se acaba. Es duro, pero no hay vuelta atrás. La figura que hace dos años arrolló al Madrid y arrancó aplausos en el Bernabéu, sacó anoche la bandera blanca, en un gesto de rendición que puede suponer el final de una era, y que acabó asumiendo casi todo el equipo. El círculo virtuoso que la estrella puso en marcha y que no merece olvidarse jamás, se ha parado en seco y amenaza con cerrarse de mala manera. Ha llegado la hora de trazar el futuro por otro camino y renovar la ilusión que, día a día, se ha ido perdiendo. El Madrid no tiene un solo Ronaldinho, pero ha aprendido a comportarse como un equipo. Ese espíritu común le llevó a darle una lección al Barça (0-1) que le coloca siete puntos por delante.
Antes de despedirse, el 2007 ha querido dejar un recado en el Camp Nou, como ya hizo el 2006. Entonces, el Barça echó a perder el Mundial de Clubs, un golpe que se encajó como un simple accidente, y que el tiempo convirtió en el principio de un rosario de fracasos, en un annus horribilis que puso punto y final al cuento de hadas que vivía el club. Como si quisiera asegurarse de que el mensaje va en serio, el 2007 no ha querido marcharse sin recordarle al Barça que sigue donde estaba, que la herida no está curada y que, o cambia, o aquel triste final se repetirá. Y lo hizo a la brava. Ante el Madrid, cortando una doble racha: el Barça no perdía en el Camp Nou desde el 5 de febrero del 2006 y llevaba 51 partidos consecutivos marcando en casa. Ayer, se acabó todo. Al club, le toca actuar cuanto antes.
Campeón de invierno
Sería injusto cargar sobre las espaldas de Ronaldinho --Etoo también fue una sombra de sí mismo-- el peso de una derrota que dejará abierta otra desagradable crisis durante el parón navideño, pero quien mejor simbolizó la época de gloria es hoy el retrato de esa caída en picado. A falta de dos jornadas, el Madrid ya es campeón de invierno. Pero más allá de esa etiqueta, dejó la sensación de que no hay razón para menospreciarle como se ha hecho a menudo. La cantinela de que todo empieza en Casillas y acaba en Van Nistelrooy ha perdido valor como justificación de todos sus méritos. Ayer, el 0-1 se quedó corto. El Barça las pasó más que canutas frente a un rival más serio, más compacto y más solidario. Hubo momentos de auténtico baño, que el Madrid desaprovechó en un contraataque detrás de otro.
El debate de toda la semana lo cerró Rijkaard siguiendo más la línea de la vieja autogestión que la del nuevo código. El valor de los nombres se impuso, y a Ronaldinho y a Deco se les cayó el peto de los suplentes, que tanto dio que hablar y que, a la hora de la verdad, quedó en una extraña maniobra con la que nadie sabe muy bien qué demonios perseguía. Ronaldinho esquivó el banquillo del Camp Nou, pero el Barça no recuperó el 10 que tanto echa de menos y que tanto necesitaba en un día como ayer. Duele decirlo, pero Ronaldinho sigue sin regresar de allá donde esté. Parece lejos, muy lejos, y por más ganas que tenga de volver, si es que las tiene, no encuentra el camino. Deco no anda tan perdido y, mejor o peor, nunca se empequeñece. Nunca deja de luchar. Pero tampoco estuvo a su altura. Como la mayoría, con las contadas excepciones de Iniesta y Touré.
Más nombres, menos equipo
El Barça ganó en nombres, pero perdió fuerza como equipo, justo lo que ha ganado el Madrid con Schuster. Lejos de seguir la línea de Valencia, el Barça se perdió en sus propias dudas, volvió a las andadas y estuvo más cerca del de hace unas semanas. Si Rijkaard pensó que con Ronaldinho nada cambiaría, se equivocó. Si sospechaba que no iba a ser así, pero quiso darle una oportunidad pese a no merecerla por su actitud durante la semana, se equivocó doblemente. El 10 se suspendió a sí mismo y, por más que algunos quieren cargarle el muerto a otros, solo él es responsable de su decadencia.
Baptista, uno de los muchos que se ha pasado la vida a la sombra de Ronaldinho, desequilibró un duelo que el Barça nunca tuvo en su mano. Ni siquiera cuando lo intentó a la desesperada, con Iniesta erigido en el chico para todo. Siempre él. Con poco fútbol, con un montón de errores y precipitación, el partido estuvo lejos de un gran clásico y, tal vez por eso, porque el Madrid es más serio que plástico, Schuster encontró lo que buscaba con menos esfuerzo del que esperaba. Y con Guti, la figura sobre la que en la capital se debate como aquí con Ronaldinho, en el banquillo.
Al final, tuvo que aparecer Bojan, 17 años --¿lo recuerdan?--, para que el Camp Nou recuperara la fe y creyera que algo podía pasar. Con Ronaldinho, ese cosquilleo se ha perdido. Y lo más triste es que parece imposible recuperarlo. La cuestión es si el Barça está dispuesto a seguir esperando a que vuelva.