
3 - BARCELONA
0 - BETIS
Solo falló Messi para que fuera una victoria fantástica, con tres goles de los tres delanteros. Más falló, sin embargo, Henry, que ayer pudo hincharse si hubiera estado un poco fino, pero volvió a topar con la madera de los postes. Una goleada acarició y no consumó el Barça, al que le faltó más acierto para que el marcador reflejara sus méritos. Barrió el once azulgrana al Betis aunque no lo parezca por el resultado (3-0), recuperando las señas de identidad que extravía con tanta frecuencia cuando se va de casa. Pero al abrigo de la hinchada muestra su mejor cara y ayer pareció guapo como antes.
Fue un triunfo claro, poco contundente, que siguió de pe a pa el libro de estilo del Barça. Con una jugada antológica en el primer gol, que nació en el lateral derecho con un balón robado por Xavi y acabó Henry cerca del punto de penalti del Betis sin que ningún rival tocara el balón, y otros dos tantos obra del esperado y ya recuperado Ronaldinho con su mejor especialidad: con dos faltas directas.
El brasileño se despidió aclamado por la grada y abrazado por sus compañeros, felices de tenerle ya de vuelta, como invitó a pensar en Valladolid. Messi se quedó sin mojar, aunque lo mereciera tanto como sus colegas de la delantera. También siguiendo el modelo Messi, con una jugada individual que trazó desde el centro del campo sorteando béticos sin parar, pero su disparo salió lamiendo el palo. Cuando en un mismo partido brillan Henry, Ronaldinho y Messi, es fácil deducir cuál fue el papel del adversario: el de comparsa.
RICARDO SE SALVA
Eso es lo que fue el Betis. "Yo quiero una mala imagen y los tres puntos", dijo Héctor Cúper el sábado. Solo consiguió uno de los dos objetivos. El que menos pretendía, angustiado como está el Betis, metido ya hasta el cuello en la zona de descenso. Consiguió dar una mala imagen. Bastante mala, impropia de un club que atrae muchas simpatías y que está celebrando su centenario. Si era sintomático el mensaje enviado por el entrenador, también fue reveladora la actitud del equipo. Antes del primer minuto, el portero Ricardo ya estaba perdiendo tiempo en un saque de puerta. Eso no le libró de recoger tres veces el balón de la red, pero sí le salvó de llevarse un carro lleno.
Anclado en su área, sin mostrar ningún deseo de correr metros hacia adelante, sin un triste disparo para despertar a Valdés, el Betis renunció a todo. Hasta el empate. Porque salir así en el Camp Nou es abocarse al suicidio. Lejos de provocar el nerviosismo de los locales, de incidir en sus defectos, que aún los tiene, el once andaluz --qué diferencia con el Sevilla-- fue una alma en pena, un espectro que se paseó por el estadio.
RIVAL RENDIDO
La tácita rendición del Betis desde que compareció en el campo era lo que necesitaba el Barça para recuperar la confianza y reconciliarse con la hinchada. Los azulgranas tardaron 10 minutos en arrancar los primeros aplausos. A partir de entonces fue coser y cantar. Era el Barça de casa, no el que decepciona como forastero. El que debería ser siempre, el equipo contundente, rápido, que no se entretiene más de lo necesario para elaborar un fútbol incontenible. No hace falta sacar pelotazos para hacer un juego directo, y ayer lo demostró el Barça, que llegó y llegó al área como hacía tiempo que no lo lograba. Con el balón servido desde la defensa, gestionado por los centrocampistas y rematado por los delanteros. Desde los pies de Thuram, pasando por un desbordante Iniesta y rematado por Henry, que disfrutó de numerosas ocasiones. Al delantero francés le buscaron y le encontraron: hizo lucirse a Ricardo (m. 15), remató al poste (m. 21), marcó un gol (m. 32) y falló a puerta vacía (m. 57).
EL MÁGICO RONALDINHO
Ya llegará el Henry efectivo del Arsenal. De momento, ha llegado el Ronaldinho mágico del Barça, para desgracia del Betis y, se supone, del resto de los equipos. Luchador e ilusionado, por momentos estelar, no despertó ni un siseo. A otros jugadores no les aplauden, pero son tan necesarios como las estrellas. Como Abidal, inabordable por la banda izquierda, o como Touré, que desbroza el camino para que Xavi e Iniesta apliquen su inteligencia. El Betis no controló a ninguno de los dos pese a tener cinco centrocampistas y cavó su fosa. Por una simple razón: pudieron dar juego a los fantásticos.