
VALLADOLID - 1 BARCELONA - 1
En un partido que empezó y terminó como un correcalle, el Barça ganó un punto en Valladolid. O tal vez sería más correcto decir que Valdés le dio un punto al Barça después de ver la saludable noticia de que Ronaldinho vuelve a correr. No solo por el gol sino porque transmitió sensaciones que parecían enterradas en el doble fondo de un armario desde hace muchos meses. Fuera del Camp Nou, el equipo de Rijkaard no termina de carburar --6 puntos de 15 posibles es un pobre balance-- y suerte tiene aún de que Valdés no se despista nunca. Pero ya tiene al Madrid a cuatro puntos.
Al cuarto de hora, el meta azulgrana estaba por los suelos. Parando todo, salvando al Barça del desastre, desamparado e indefenso con una zaga tan insólita (Puyol, de lateral derecho, Márquez y Milito, centrales, con Sylvinho, lateral izquierdo) como débil. El equipo estaba deshilachado. Superado por la velocidad y verticalidad del Valladolid: en tres pases se plantaban en el área de Valdés. Eso sí. El balón era del Barça. Como pasa, casi siempre, en cada partido. Pero el encuentro era de un osado Valladolid.
Estaba frágil el conjunto de Rijkaard. Demasiado si se mira una defensa de tanto nombre y tan poco rendimiento. Con decir que la irreverencia juvenil de Bojan era lo más destacado, se resume todo. Al niño, que empezó de delantero centro, se le veía por todas partes. A Messi, sin embargo, no. Parece atascado, acusando el asombroso inicio de temporada, con cierto plomo en sus piernas, encarcelado por dos y hasta tres rivales. Mientras tanto, de Ronaldinho no había noticia alguna. El viejo Ronaldinho. Funcionarial, burocrático, pegado a la cal de la banda izquierda --a veces lo usaba como coartada--, sin frescura.
En manos del portero
Hasta que le duró la gasolina al Valladolid, o sea la primera media hora de partido, el Barça vivió de las manos de Valdés. Un portero al que no se valora todo lo que da. Se le mira lo poco que falla en vez de recordar lo mucho que salva. Anoche, sin ir más lejos. Se marchó el equipo de Rijkaard al descanso con un empate que le supo a gloria bendita. Sin Valdés, ya habría perdido el encuentro. Cansado de que sus jugadores llegaran un segundo tarde a cualquier acción, Rijkaard movió, al fin, pieza. Llamó a Ronaldinho, le dijo que se olvidara de la banda para incrustarlo como delantero centro --¿cuando volverá Etoo? Queda aún un mes-- y colocar a Bojan de extremo zurdo.
El cambio técnico
Cuatro minutos más tarde de ese modificación táctica, y tras una excelente combinación ofensiva, diseñada por Xavi, el Barça descubrió que Ronaldinho también sabe marcar goles en jugada. O sea, que no son a balón parado. Cinco meses después, el brasileño festejó el empate con rabia. Y Rijkaard redescubrió que el Gaucho ya tiene mejor puntería. No es para tirar cohetes ni para que la ciudad se llene de fuegos artificiales. Pero, viniendo de donde viene Ronaldinho, del páramo más deshabitado, es todo un acontecimiento.
Quedó Ronaldinho resucitado por el gol del empate, mientras Bojan, pequeño y diminuto, insultantemente joven (17 años cumplió en agosto), demostró comportarse como un adulto. Espectacular partido el del niño. Todo lo hizo bien. Regateó, desbordó, disparó con acierto --el palo evitó un fantástico gol tras una excelsa jugada de Messi-- y se hizo hombre. Otro signo de que es un chico prodigioso. Entre la chispa de Bojan y el otro Ronaldinho en la segunda mitad --más activo, más profundo y, sobre todo, más rápido--, el Barça se levantó. Con Puyol regresando a la cueva del central --no brilló de lateral-- y consumiéndose, pese a los cambios de Rijkaard, que sacó luego a Gudjohnsen y Giovani, pero no pudo ganar. Curiosamente, terminó sufriendo, encerrado de nuevo en el área de Valdés. Agradecido, otra noche más, a su portero.