Haga el equipo que haga Frank Rijkaard, elija la alineación inicial que elija, deja a una estrella fuera. Una, dos y hasta tres. Una en el ataque. Una en el centro del campo. Una en la defensa. Como mínimo. Ese será el código de Frank, el verdadero. El otro, el que se ha hablado durante todo el verano (las normas de comportamiento, un cambio de actitud de la plantilla) es importante. Pero no existe mejor código en el Barça que tener la amenaza real del banquillo sobre cada jugador. Se llame como se llame. Venga de donde venga. En su quinta temporada en el Camp Nou, Rijkaard maneja una cantidad de recursos que nunca tuvo.
Si apuesta por la delantera del pasado (Messi, Etoo y Ronaldinho), Henry no tiene sitio. Si confía en Touré para dar equilibrio y cree en los pequeños (Xavi e Iniesta), Deco se sentará en el banquillo más de lo que imagina. Una imagen insólita, todo hay que decirlo. Si Puyol se recupera bien de la grave lesión en la rodilla derecha y Milito encaja fácilmente, Márquez tendrá más días libres de los que creía. Pero todo no será tan matemático. Entra uno, sale otro. Ni mucho menos. Rijkaard, tras el fracaso de la pasada temporada ("los jugadores hacen lo que tú permites que hagan, me acuso a mí mismo", dijo en una durísima autocrítica), también asume que debe recuperar la credibilidad como gestor de grupo. En sus primeros tres años, triunfó. En el cuarto, no. Y ahora debe gestionar más que nunca un grupo repleto de estrellas.
A todos ellos, el técnico les ha dejado clara una cosa en el aspecto táctico. Basta mirar el largo verano azulgrana por Escocia, China, Japón, Hong Kong y Alemania para comprobar que los nombres cambiarán en el equipo. Pero el estilo, no. Eso resulta poco menos que innegociable para Rijkaard. Seis partidos y un mismo dibujo táctico: el 4-3-3 que le dio el éxito al Barça. O sea, ni una sola prueba. Ni una para hacer un hueco en el campo a los cuatro fantásticos.
Cierto es que Messi llegó de los últimos porque disputó la Copa América. Pero ni en la prueba final de Múnich, aunque tenía la posibilidad de hacerlo, lo hizo Rijkaard. Prefirió seguir con el mismo esquema en su lento pero convencido retorno a los orígenes.
MÁS FIERO
Aunque en determinados partidos, el técnico podría elegir la vía más aventurera, la de los cuatro juntos, apostará por el equilibrio, el camino que le guió al éxito. En el regreso a las esencias tácticas del Barça (un equipo cohesionado, con presión inicial desde la delantera, poca distancia entre las líneas, combinaciones rápidas), debe jugar un papel esencial la defensa. Ahí es donde se ha producido el mayor cambio. Una auténtica y silenciosa revolución. Tomando, por ejemplo, como referencia la final de París, Rijkaard ha cambiado la zaga completamente. En Saint Denis (17 de mayo del 2006), Oleguer, Puyol, Márquez y Gio protegieron a Valdés. Cuando el capitán esté bien, será el único que sobreviva. En la derecha estará Zambrotta, en la izquierda Abidal y al lado de Puyol andará otra melena, la de Milito.
Defensas puros todos, con un aire de fiereza y velocidad que no tenía antes el equipo. Porque, en el fondo, lo que persigue Rijkaard es dotar al Barça de una red de seguridad --rescatar el espíritu italiano que trajo en sus primeros años-- para que luego los cuatro fantásticos se diviertan, juntos o no, y que los niños (Bojan y Giovani) vayan adquiriendo estatura futbolística sabiendo que detrás de ellos la casa de Valdés está bien guardada. Y como siempre sostiene el técnico, la mejor defensa empieza con la presión del delantero. O, en este caso, del banquillo, porque cualquiera está expuesto a visitarlo.