
La incorporación de un jugador como Henry revaloriza a cualquier plantilla y multiplica la posibilidades de éxito de cualquier equipo. También las del Barça, pese a que ya disponía de un excelente ataque personificado en la tripleta formada por Messi, Etoo y Ronaldinho. El goleador francés transforma el trío en un póquer de ases y convierte a la delantera azulgrana en la más completa y lujosa del mundo.
Pero esa no es la mejor jugada, la invencible del póquer. Es más valiosa la escalera de color. Y eso, traducido en el fútbol, significa que reunir en el equipo a cuatro delanteros como Messi, Etoo, Ronaldinho y Henry no garantiza ningún título. Investidos con la categoría de estrellas, el cuarteto necesitará la indispensable colaboración de un gran portero, una defensa férrea y un centro del campo completo para volver a disfrutar del éxito. El Barça tenía de todo la pasada temporada, y lo perdió todo por su mala cabeza.
Y vuelve a ser precisamente la cabeza, en el rincón donde se almacenan los sentimientos, el mayor defecto que se le atisba al equipo. Rijkaard se ha obsesionado en hablar de actitud, mentalidad y compromiso, pero carece de receta alguna para reprimir el conflicto de egos que se puede desatar en el vestuario. Por ahora, todo es armonía. Las estrellas asumen públicamente que son capaces de sentarse en el banquillo. ¿Pero qué pasará cuando uno de ellos sea suplente en un Barça-Madrid? ¿O en un partido decisivo de la Champions? ¿Quién y por qué concepto será el sacrificado? ¿Cómo se lo tomará? En la respuesta a esos interrogantes residirá a buen seguro el bienestar social de la plantilla.
Aparentemente, Henry parte con desventaja. Llega a una delantera (Messi, Etoo y Ronaldinho) estable y contrastada. Se ha presentado en el Camp Nou corto de forma, producto de los cinco meses que permaneció lesionado y deberá adaptarse al juego del Barça y al de los rivales. Nunca se enfrentó en la Premier League a equipos encerrados atrás, atrincherados en una muralla humana de cinco, seis o siete defensas. En ese ecosistema, propio de Italia, fracasó en los seis meses que estuvo en la Juventus.
En el calcio marcó dos goles en 16 partidos, una cifra muy pobre. En el Arsenal anotó dos en sus primeros cuatro meses --ninguno en los ocho encuentros iniciales--, pero luego estalló hasta conseguir dos Botas de Oro al mejor goleador de Europa. En la pretemporada, aportó dos en los seis amistosos, aunque solo disputó un partido completo.
PALMARÉS ENVIDIABLE
Quizá Henry ya no sea el mismo, cumplidos los 30 años (el pasado 17 de agosto). Posiblemente haya perdido punta de velocidad y necesite recuperar la finura de la puntería tras tanta inactividad, como se sospechaba tras sus primeras intervenciones en los ensayos de pretemporada. Pero los técnicos respiran tranquilos. Han comprobado que Henry, en palabras de Txiki Begiristain, "no ha perdido la inteligencia".
Su cordura y su saber estar, su ilusión por pasárselo a lo grande, serán las principales virtudes del maravilloso futbolista francés, más allá de que el historial que está coleccionando haya saciado ya la ambición que cultivó de niño. Una Liga con el Mónaco (1997), dos con el Arsenal (2002, 2004), tres Copas de Inglaterra (2002, 2003, 2005) y, sobre todo, un Mundial (1998) y una Eurocopa con Francia (2000) ilustran un palmarés envidiable. En la vitrina solo falta la Champions League que le arrebató el Barça precisamente en su casa de París.
UN AÑO MÁS TARDE
Al día siguiente de esa decepcionante noche rompió el acuerdo al que había llegado con Ferran Soriano, el vicepresidente barcelonista, para vestir la camiseta azulgrana. Once meses después, se ofreció. Aterriza en el Camp Nou un año después de lo esperado, pero quizá no sea tarde.
Amigo de Ronaldinho, Etoo y Thuram, y compañero de Abidal en la selección, Henry llega para reconducir al equipo tras un año de excesos y de soberbia que acabaron en la sequedad más absoluta de títulos. El delantero francés reniega de la etiqueta de estrella que cuelga del número 14 y no cesa de proclamar su humildad. El vestuario le ha acogido con los brazos abiertos, igual que la hinchada. Jugadores y aficionados esperan abrazarle.