Al principio era el Barça de Joan Laporta. Y también de Frank Rijkaard, por supuesto. Era el verano del 2003, el verano del cambio tras la larga etapa del nuñismo y las duras secuelas de los tres años de Joan Gaspart, que provocaron uno de los periodos más negros del barcelonismo. Apareció Ronaldinho en lugar del prometido Beckham y el rostro del club cambió repentinamente. Para bien, claro.
Abandonó la depresión para instalarse en la alegría y el Barça fue entonces de Ronaldinho. Detrás de la radiante sonrisa del brasileño llegaron los títulos, la gestación de una marca exitosa y la consolidación de un modelo triunfador, con dos ligas en tres años y una Champions, la segunda en la historia del club. Detrás de Ronaldinho aparecieron Deco y Etoo para convertirse en un equipo que fue una referencia. Por su juego, brillante, moderno, espectacular, por su humildad y, sobre todo, por su solidaridad. Pero todos esos valores desaparecieron antes de lo previsto. Mucho antes.
Cuando estaba subido en la cresta de la ola, instalado en "la autocomplacencia", como lo calificó luego Laporta, el Barça bajó de la nube y se estrelló. No porque perdiera la Liga, truncando por errores propios un ciclo que se presumía largo, sino porque se la regaló al Madrid de Capello. Después de la tremenda bofetada (solo ganó la Supercopa de España y la Copa Catalunya, títulos menores e irrelevantes), el club ha cambiado totalmente de registro. No le quedaba otro remedio.
TRAS LA AUTODESTRUCCIÓN
Ahora, el Barça no es tan solo el Barça de Ronaldinho. Que lo fue y durante tres hermosas e inolvidables temporadas. A la cuarta, se autodestruyó. Y en la quinta, tras la eclosión de Messi, un regalo del fútbol para que lo disfrute a diario el Camp Nou, el Barça es el de los cuatro fantásticos: Ronaldinho, Etoo, Messi y Henry. Cuatro estrellas reunidas para la resurrección de un equipo que después de tenerlo todo en la mano, lo entregó a su máximo enemigo. Curiosamente, en el Madrid todo han sido cambios. Por no estar, no está ni Capello, el arquitecto de la Liga. Ahora se pasará la temporada comentando los partidos para la televisión italiana.
En el Barça, en cambio, siguen los mismos del curso pasado. Las mismas estrellas (Ronaldinho, Etoo y Messi) y el mismo técnico (Rijkaard). Son los mismos, más Henry. Pero ya no son los mismos. Tienen ahora la cicatriz del fracaso. Hasta hace un año eran todos triunfadores. Pero tras completar un inacabable curso de decepciones (desde Mónaco a Tokio, el Barça no paró de viajar y de perder títulos, y su corona europea no le duró ni un año), la vida también ha acabado para ellos. Y mucho porque saben que no pueden cometer los mismos errores.
Sobre todo, los fantásticos, jugadores todos ellos que por sí solos serían una celebridad en cualquier club. Por uno de los cuatro, sea cual fuera, Ramón Calderón, presidente del Madrid, o sus colegas italianos Silvio Berlusconi (Milan) o Massimo Moratti (Inter) harían locuras para llevárselo a su casa y presumir de su joya. Pero no han podido. Mira por dónde, han terminado por juntarse en el Camp Nou, donde Rijkaard tendrá que gestionar tanta estrella con inteligencia y astucia. Lo hará desde la abundancia. Antes era solo desde la escasez, ya que al principio era Ronaldinho. Él solo hizo girar el círculo virtuoso.
LEO, EL NIÑO DE CASA

Después apareció el voraz Etoo, escoltado por el oficio y la ambición de Deco, para llenar de goles y títulos al Barça. Luego nació Messi, un talento argentino a quien apenas han visto jugar en su país porque pasó su adolescencia en Barcelona. Y finalmente llega Henry, un treintañero cansado de perder cosas en el Arsenal, empeñado en demostrar que la edad no resulta ningún problema para volver a ser quien fue un día: uno de los mejores delanteros del mundo. "No me gusta hablar de los cuatro fantásticos, es algo engañoso", se ha quejado ya Etoo, uno de los cuatro. Pues con esa etiqueta tendrán ellos que convivir a diario. Dentro y fuera del campo. "Ahí tenemos lo que pasó luego con los galácticos", recordó el camerunés.
Durante unos años, el fútbol era un territorio galáctico, impulsado por Florentino Pérez, el presidente del Madrid. Con Figo ganó una Liga (2001), con Zidane una Copa de Europa (en el 2002, la novena), con Ronaldo otra Liga (2003) y cuando llegó Beckham se quedó en blanco. Terminó el florentinato, arrastrado por el galacticismo. En el Barça, el camino ha sido inverso. Todos, excepto Henry, se han hecho fantásticos vistiendo la camiseta azulgrana.
LA COHABITACIÓN

Pocas veces, por tanto, se ha visto tanto talento junto. En esta aventura tan pionera, incluso para Rijkaard, cada uno se enfrenta a un desafío. Al holandés, envidiado por cualquier colega del mundo por tener a ese lujoso ataque, se le pone a prueba. Y no por sus conocimientos técnicos sino porque debe ser el hombre que teja hábilmente los hilos de la complicidad en el vestuario para mantener un delicado equilibrio de egos. Tampoco Rijkaard había vivido algo así nunca. Tiene que hacer funcionar en el campo a cuatro megaestrellas (lo más sencillo) y, sobre todo, debe lograr que no se enfaden lejos del césped (lo más complicado). En cualquier club, la titularidad de uno de ellos no se discutiría jamás. En el Camp Nou, sin embargo, se debatirá cada semana.
Digan lo que digan, hay cuatro jugadores y solo tres sitios. Las matemáticas no engañan. Alguien sobra, de momento. A eso deberán acostumbrarse todos, pese a que en su desafío personal tienen mucho en juego. Ronaldinho, por ejemplo, busca reencontrarse consigo mismo. Ser, de nuevo, el número uno del mundo, un trono que ya no ocupa. Con 27 años, y después de comprobar que también se sufre en el Barça (los 21 goles en la Liga no maquillaron el descenso de rendimiento), el brasileño no lucha contra los defensas. Ni tampoco contra los otros tres fantásticos. Lucha Ronaldinho contra sí mismo. No tiene mayor enemigo. Ni tampoco peor enemigo. La grandiosidad del fútbol que iluminó al Camp Nou tras tenebrosos años de oscuridad ejerce de sombra. Y, a la vez, de peligrosa amenaza.
Si Ronnie fue capaz de hacerlo, ¿por qué no lo puede repetir ahora? ¿O es que la magia ha decidido abandonarle? A esas preguntas se enfrenta Ronaldinho en un curso sin coartada alguna. Consciente de que el recuerdo del maravilloso juego que practicó no le deja vivir del pasado, el brasileño, con quien ha coqueteado el Milan como cada verano, parte casi de cero. No del todo, pero casi.
EXAMINADO CON LUPA
A Ronaldinho le mirarán esta temporada con lupa. Igual que a todos, aunque, tal vez, un poco más a él, el pilar sobre el que se construyó el gran Barça de Rijkaard. El examen será constante. Casi diario. Y, además, al brasileño no solo se le comparará consigo mismo, y con su recuerdo, sino con los otros fantásticos. Messi vive en un mundo aparte. Es el más joven de todos (20 años) y ha resistido, hasta ahora, sin dar signos de agobio que le etiqueten con el adjetivo maradoniano todo lo que haga. Y con razón. Desde el inolvidable eslalon contra el Getafe hasta la mano de Dios ante el Espanyol que no le dio al Barça la Liga por los dos goles de Tamudo. Entre los rutilantes jóvenes que asoman en el fútbol mundial, Leo está entre los primeros. Por no decir el
primero. Tiene, además, mucha prisa por ser el primero de verdad en la lista de los grandes premios. Por llegar a la cumbre que ya ha pisado Ronaldinho. El argentino no tuvo suerte en la Copa América, donde volvió a dejar goles maravillosos, pero no le sirvieron para conquistar el título con su selección, viviendo su primera gran frustración. El mal papel del Barcelona también ha empañado su extraordinaria temporada. A pesar de estar más de tres meses lesionado, ya que sufrió una fractura del quinto metatarsiano del pie izquierdo, del pie messiano, Leo marcó 14 goles en la Liga (todos de jugada), tres de ellos al Madrid en una noche estelar, a la altura del gran Romário.
MIRANDO AL FUTURO
A Ronaldinho se le empieza a agotar el tiempo --aún le queda crédito, eso sí--, pero a Messi le aguarda un futuro ciertamente esplendoroso. En realidad, es ya un presente, por lo que el desafío que le toca vencer a Leo es completar una temporada de principio a fin. Sin que el cuerpo le traicione. Al principio fue un desgarro muscular contra el Chelsea que le impidió estar en la final de París. Luego, un pisotón de Zapater, el centrocampista del Zaragoza, le fracturó el pie izquierdo. Si las lesiones le respetan, el joven argentino se hará oír, sin importarle quién tenga delante. Porque desde hace meses el fútbol que despliega Messi le permite mirar cara a cara a cualquiera, se llame como se llame. Y los demás, o sea Ronaldinho, Henry y Etoo, también lo saben. Leo ha llegado para quedarse mucho tiempo.
Al Barça le ha tocado la lotería con Messi. Y a Messi con el Barça porque ha encontrado un equipo que le permite progresar sin sentirse el único salvador. A su alrededor, ya hay otras estrellas que andan buscando acomodo. Etoo lo tenía encontrado con una tormenta de goles en sus dos primeros años que habían acabado con el recuerdo del delantero centro. Desde Ronaldo, el verdadero, el auténtico, el de la temporada 96-97, el marciano, el extraterrestre del gol al Compostela, el Barça no disfrutaba de un nueve tan fiable como el camerunés. Pero su rodilla derecha crujió en Bremen y la ascensión de Etoo se truncó. Volvió, pero no es el mismo. Aún no. Él lo ha dicho. Necesitaba un año para sentirse bien. Para que el cuerpo obedeciera fielmente a su cerebro.
HENRY, UNO MÁS
A finales de septiembre se cumplirá el plazo marcado tras aquel fatal percance y Etoo siente que ha llegado su momento. Estimulado también por la llegada de Henry, de quien se confiesa amigo (cruzaban mensajes telefónicos y confidencias cuando el francés estaba aún en el Arsenal), el camerunés necesita reconciliarse con su juego. No es tan mágico como Ronaldinho. Ni resulta tan vertical y endiablado como Messi. Pero esa rebeldía que domina su fútbol le hizo imprescindible en la época gloriosa del Barça de Rijkaard. Sin los goles de Etoo nada habría sido posible. Pero él necesita que sus piernas le respondan, que su rodilla no se doble de nuevo para adquirir el reconocimiento que tenía antes de la grave lesión.
A Henry, curiosamente, le pasa lo mismo --sale de su peor temporada en cuanto a lesiones con varios problemas musculares y la certeza de que tiene el nervio ciático dañado--, aunque con una sustancial diferencia. En Inglaterra, era el dios, el único dios del Arsenal; en el Camp Nou, es uno más. Uno de los cuatro fantásticos, cierto. Pero uno más, por lo que será él quien se deba adaptar al estilo del Barça y no al revés. Será Henry quien se vea obligado a hallar su lugar en el dibujo de Rijkaard. Será Henry quien asuma que su papel en el Camp Nou, con 30 años recién cumplidos, será muy distinto. Llega a un equipo donde no se jugará exclusivamente para él, en el que no será la única estrella, como sucedía en el Arsenal de Wenger. Hay tres más y dos descarados niños, criados en La Masia, que no entienden de jerarquías establecidas. Han visto emerger a Messi y quieren hacer lo mismo que él.
A Giovani, 18 años, y a Bojan, que cumple 17 el próximo martes, no les asusta nada. Ni la presión de la camiseta ni el Camp Nou, un estadio que se frota los ojos. ¿Por qué? Porque en los últimos años salen maravillosos delanteros donde antes solo se fabricaban excepcionales réplicas de Guardiola, tipo Xavi, Iniesta, porteros como Valdés que acaban con viejos debates y capitanes (Puyol) que son símbolos. ¿Lo serán los cuatro fantásticos?