La falta de recursos hídricos (22-4-2008)

Agua del Ebro para Barcelona


JAIME MinguijÓn
SociÓlogo

Un maremoto recorre España en los últimos días. Cuando si algo estaba seguro en el panorama político y territorial español era que había dos posiciones enfrentadas en torno al trasvase del Ebro, los últimos acontecimientos han venido a trastocar este equilibrio, poniendo sobre la mesa unas contradicciones que merecen, al menos, una reflexión sobre sus orígenes y consecuencias.

Entre los más descolocados se ubican los que tradicionalmente se han opuesto al trasvase, pues la situación en la que se encuentra la ciudad de Barcelona que en pocas semanas no tendrá agua suficiente para atender las demandas de la población y de los servicios públicos básicos, les ha obligado a afrontar su responsabilidad política de ofrecer soluciones factibles y viables ante esta acuciante realidad.

LOS DEFENSORES de esta nueva postura encuentran diferencias sustanciales entre el trasvase del Ebro, tal y como se concebía en el Plan Hidrológico Nacional, y la "transferencia" de caudales que se propone ahora. En el primer caso, se trataba de una obra faraónica cuyo destino era dudoso, ya que dirigía a fortalecer el desarrollo urbanístico, turístico y agrícola en una zona ya de por sí saturada. Por el contrario, con el trasvase a Barcelona se trata de satisfacer necesidades sociales y humanas básicas. Cómo es posible, se preguntan, que alguien se pueda oponer de buena fe a este fin tan loable.

Por otro lado, entre los que niegan legitimidad al trasvase a Barcelona se encuentran tradicionales opositores al mismo: ecologistas, algunos partidos y parte de la población aragonesa. Más allá de la defensa de lo propio ("el agua es de Aragón"), mantienen que la oposición al trasvase es una cuestión de principios, pues es producto de una cultura del agua trasnochada, y abogan por caminar hacia una "nueva cultura del agua", mejorando su gestión, racionalizando su consumo y potenciando otras fórmulas menos agresivas con el medioambiente para su obtención.

Sin embargo, ninguno de los intervinientes quiere reconocer que su postura haya cambiado. Por ello, en los enfrentamientos verbales que diariamente aparecen en los medios de comunicación la palabra "trasvase" se ha convertido en el punto clave. Si se consigue demostrar que la transferencia a Barcelona no es un trasvase, el PSOE podrá mantener que su postura sigue siendo coherente. Si se justifica que se trata de un trasvase, tanto los que se oponen a la misma, como los defensores del Plan Hidrológico avalarán la validez de sus tesis.

ESTE enfrentamiento meramente nominalista tiene su origen en un lamentable error heredado de los términos originales en los que se estableció esta controversia. El hecho de que los argumentos complejos y razonados dirigidos a la opinión pública fuesen sustituidos por proclamas simplistas (¡No al trasvase! y ¡Agua para todos!), se ha constituido en un gran lastre del que difícilmente se pueden zafar la mayor parte de los intervinientes en la disputa. Y es que el debate en torno a los trasvases no se llegaron a abordar las verdaderas razones de fondo que se encontraban en su razón de ser. En realidad, la tensión dialéctica sobre el trasvase no hace sino ocultar que el problema real sobre el que reflexionar es el modelo de desarrollo por el que se ha optado en España.

El modelo desarrollista que nos ha caracterizado entre otras cosas se basa en la concentración en el medio urbano de la población y de la industria, lo que ha provocado grandes aglomeraciones humanas a las que es preciso abastecer de múltiples recursos y servicios. Este modelo es insostenible, en cuanto que para su mantenimiento los grandes núcleos poblacionales e industriales requieren de una sobreexplotación de los recursos de su entorno más próximo y, con el paso del tiempo, del agotamiento de los que tiene allende sus fronteras. Ejemplo de ello lo teníamos en las ansias de recursos hídricos de los que ha hecho gala históricamente la costa levantina, pero se ha vuelto a poner en evidencia actualmente con lo sucedido en Barcelona.

Sin embargo, no hemos de olvidar que estos sucesos no dejan de ser una continuación de la respuesta hidrológica que se ha venido dando históricamente para permitir el crecimiento de otras grandes ciudades, como pueden ser, por citar dos de las importantes, Madrid o Bilbao.

POR DECIRLO claramente, si seguimos apostando por este modelo de desarrollo, los pantanos y los trasvases serán la única alternativa viable a gran escala. Si, por el contrario, nos oponemos a los trasvases y a los pantanos sin cambiar de modelo, estaremos abocando a la penuria a una gran masa de población. Querámoslo o no, somos herederos de las decisiones del pasado y el cambio de modelo de desarrollo va a requerir decisiones intermedias que lo permitan sin causar grandes afecciones a nuestros conciudadanos. Por ello, la postura que me parece más defendible no es la de cambiar agua por dinero, sino por otro desarrollo. Cuando la ciudad de Barcelona ponga sobre la mesa un modelo de desarrollo sostenible de futuro será factible permitir el trasvase como una alternativa ética y fraterna que ayude a ese proceso de cambio. Y detrás de Barcelona, vamos todos.

 
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LEMAS SIMPLISTAS
Las proclamas simplistas –¡'No' al trasvase! y ¡Agua para todos!– son un gran lastre del que difícilmente se puede zafar la mayoría