[En el post anterior os avancé que iba a publicar en el Dominical de El Periódico de Catalunya del domingo 28 de febrero un reportaje sobre Félix Francisco Casanova, un poeta que me había sorprendido muy gratamente y cuya única novela, El don de Vorace, os animaba fervientemente a leer. Éste es el artículo del que os hablé. A los que no lo habíais leído en papel, espero que os guste. A quienes sí lo habíais leído ya, os pido disculpas por repetirme. A unos y otros, os agradeceré vuestros comentarios]  

Bernardo Vorace tiene un don: por más que intenta quitarse la vida, ésta se resiste a abandonar su cuerpo. Ya puede atiborrarse de pastillas o pegarse un tiro en la sien: no encuentra el camino para abandonar este mundo. Y eso le pesa. Bernardo Vorace es una creación de Félix Francisco Casanova Martín, un sorprendente poeta que con sólo 17 años fue capaz de concebir en su única novela, El don de Vorace, un universo en el que el realismo más real y el absurdo más absurdo se funden para poner patas arriba la cotidianidad y cuestionar lo que siempre damos por sentado. 


Félix Francisco Casanova comparte con el personaje de Bernardo Vorace un buen puñado de dones –el desparpajo, la vocación rupturista, la habilidad para dar con la paradoja reveladora–, pero no el que motiva el título de la novela: la inmortalidad. O tal vez sí: a veces la muerte se traiciona a sí misma y, pretendiendo llevarse algo para siempre, en realidad lo deja entre nosotros por los siglos de los siglos, lo ancla con las cadenas del mito y la leyenda, y lo que tenía que ser carne de podredumbre se acaba convirtiendo en polvo de eternidad. Eso le ocurre a la muerte cuando no sabe esperar. Y con Félix Francisco Casanova tuvo demasiada prisa. Leer más

En esta profesión, hay días en los que uno tendría que pagar por trabajar. El pasado 4 de febrero fue uno de ésos. Ese día cayó en mis manos El don de Vorace, junto con una petición de mi jefe: "Échale un vistazo a ver si te parece que vale la pena que le dediquemos una paginita en el Dominical". ¡Y vaya si valía la pena! El autor de esta delirante novela era un chico completamente desconocido para mí (perdonen mi ignorancia, ya confesé en su día en la presentación de este blog que mi aproximación a la literatura es muy poco académica), pero su historia tenía miga: poeta precoz, una inesperada muerte con tan sólo 19 años truncó una carrera que prometía muchísimo. Por no hablar de lo que apuntaba ese vistazo: diálogos a lo Samuel Beckett y un universo destartalado en el que, en realidad, todo tiene sentido. Sólo hay que dar con la clave.

El chico en cuestión es Félix Francisco Casanova (1956-1976), y es probable que últimamente hayáis visto que su nombre ha vuelto a los suplementos culturales. Hay un motivo: la editorial Demipage ha reeditado El don de Vorace, y promete publicar en breve sus diarios y poesías. Yo os animo a descubrirlo. No es fácil, pero vale la pena abrirse de oídos. Además, cuando leáis la última frase del primer capítulo os daréis cuenta de que lo que hay ahí merece ser explorado. Yo acabo de emerger de su mundo, y os aseguro que me pregunto cómo no me sumergí antes. Reconozco que me ha dejado fascinada. Y no os cuento más porque he volcado mis impresiones en el Dominical que llegará a los quioscos el próximo día 28. Tal vez tiro piedras en mi propio tejado si os hablo de él antes de que mi reportaje sobre el poeta corra por estos mundos de Dios, pero me moría por compartir este pequeño descubrimiento. Si he conseguido despertaros la curiosidad, espero que me leáis dentro de unos días y me hagáis aquí todas las observaciones que os parezcan pertinentes. Si os la he despertado tanto que necesitáis saber de Casanova ya, corred a consultar el Blog de la Mediapágina (www.demipage.com/blog/), y ya me diréis. Aquí os espero.

P.S: Me pregunta un lector qué me ha pasado en este tiempo de ausencia para que, de pronto, trate a los cibernautas de usted. Que si es que me he vuelto convencional y académica. Glups. Nada más lejos de mis intenciones. Supongo que sigo oxidada. Por si acaso eso sirve para que os sintáis más cómodos, he corrido a cambiar el tratamiento. Que viva el tuteo. Y muchas gracias a Quique por su observación (que rima con indignación, aunque no había ni asomo de ella). Así da gusto. 

La lechosa luz de un flexo ilumina esta escena. El hombre está sentado en una desvencijada silla de despacho, con el cojín raído y una rueda tonta. Ante él, una mesa de fórmica barata, coronada por una máquina de escribir inexplicable en estos tiempos de gigas y píxels. El hombre teclea febrilmente, poseído; aporrea la máquina con la boca fruncida, los ojos desorbitados, la espalda en tensión, la respiración acelerada. De pronto frena en seco, relaja la espalda, se reclina en la silla, centra la vista en el papel y lee. Su mirada se estrella en la desnuda pared que tiene enfrente: las entrañas se le acaban de filtrar por las yemas de los dedos para convertirse en letras de molde, y su cerebro está tan exhausto como si acabara de resolver el teorema de Fermat. Aunque él no ha resuelto nada, sólo ha hecho preguntas, muchas preguntas que se resumen en una sola: ¿de qué está hecho el hombre? Leer más

Me van a perdonar si entro en un terreno personal, pero es que hay cosas que tengo que explicarles. Prometí un comentario sobre Claus y Lucas, de Agota Kristof, y el comentario no llega. Todavía no he terminado de leerlo. Y no es que no me guste, pero me duele. Me extenúa. Me obliga a bregar con su aridez, a rascar la coraza de deshumanización en busca de esperanza, a desenterrar la inocencia que yo sé que aún existe en sus personajes. Y cuando me sangran las manos y creo que voy a darme por vencida, me ofrece un dulce bálsamo que me repone e impide que desista. Pero entonces no puedo más y tengo que cerrar el libro, porque prefiero quedarme con ese sabor agridulce que arriesgarme a empapar en desasosiego mis sábanas.

Y en éstas llega Larsson y me salva. Lo compré el mismo 18 de junio, el día que se puso a la venta, a las nueve de la mañana, en el quiosco-librería de mi calle. Y me sumergí en él esa misma noche, pasando de Claus, pasando de Lucas, pasando de zozobras, pasando de alta literatura (Agota Kristof les aseguro que lo es), pasando de los últimos cambios que se han producido en mi vida profesional y que me mantienen alejada de ustedes. Y es que algún día tendré que actualizar el perfil que acompaña estas líneas y contarles que ya no soy redactora de Opinión, que hace dos semanas que me he unido a la sección de Suplementos y que los nervios del cambio no me dejan el cuerpo para escrituras. Y les vuelvo a pedir perdón por contarles todo esto, que tal vez no les importe lo más mínimo, pero necesito que sepan que Entre sábanas no ha sucumbido a la primavera, sino que su autora busca una tranquilidad que le permita volver a hablar de libros con ustedes. Y no está sola en la búsqueda: la acompaña Lisbeth, que la abducirá durante un par de semanas, de acuerdo, pero la devolverá fresca y renovada a la cita cibernética.

Espero que sea muy pronto y que ustedes sigan aquí para verlo.

 

Núria Espert, como Bernarda Alba.Siempre he creído que no es bueno escribir en caliente. Que difícilmente puede salir algo digno de unas manos que no consiguen controlar el temblor y la emoción. Pero ahora necesito hacerlo, a pesar de que hace apenas dos horas estaba puesta en pie, con lágrimas de palmo corriéndome por las mejillas, con el pecho ardiendo de agradecimiento, aplaudiendo a rabiar. Vengo de ver La casa de Bernarda Alba, en el Teatre Nacional de Catalunya, y no puedo dejar de gritar a los cuatro vientos lo mucho que me ha gustado. Tal vez sea una crueldad por mi parte, porque supongo que, si no han comprado ya las entradas, difícilmente las conseguirán, pero tengo que decirles que no deben perdérsela. Lluís Pasqual ha respetado escrupulosamente el texto, y lo ha materializado en un montaje con una escenografía maravillosa y unas interpretaciones espléndidas. La Espert y la Sardà, sí, pero también Marta Marco, Rosa Vila, Almudena Lomba, Tilda Espluga… Tras la inocencia, la mordacidad, la dureza, la desesperación, la rebeldía, la lucha por aferrarse a la ilusión que despliegan cada una de ellas, late una certeza: el dolor de ser mujer en esa casa opresiva que no es más que un espejo de la sociedad.

Toda la representación emana verdad. Puede parecer una frase vacía, pero es exactamente como lo siento. No encuentro otra manera mejor de describirlo. Es como tener ante los ojos la España que Lorca quería retratar. La España de la coerción, del miedo al qué dirán, del luto eterno; la España que no soporta la felicidad ajena, que tiene miedo de la libertad, que olvida la propia represión reprimiendo, censurando, maldiciendo. Prohibido pensar, prohibido sentir, prohibido estar vivo. Todo debe permanecer bajo control, aunque ello solo conduzca al desastre.

Me encantaría poderles transmitir la emoción que he sentido al ver a Lorca vivo en ese escenario. Me encantaría que pudieran experimentarlo ustedes mismos. Pero como sé que no todos lo podrán hacer, les invito a recuperar este drama de sus bibliotecas, de la biblioteca del barrio, de los estantes de cualquier librería, para que sientan en su propia piel que estamos ante un gran clásico.

 

En el post anterior apuntaba el temor de que, mientras esperamos a Larsson, nos cuelen todo un paquete de novelas de segunda con el único gancho de su procedencia nórdica. En ese mismo post os explicaba que yo ya había picado con el islandés Arnaldur Indridason (La mujer de verde) y con la sueca Mari Jungstedt (Nadie lo ha visto). De las bondades del primero ya di cumplida cuenta en esa entrada; de la segunda, prometía informar en cuanto acabara su libro. Pues bien, ya lo he hecho, y me temo que mis negros presagios se confirman: muy poquito que decir.

Lo único que singulariza a la novela de Jungstedt es el lugar donde ocurre: la aparentemente idílica isla de Gotland. Por lo demás, más de lo mismo: una narración sin florituras, directa al grano, un argumento bien construido, unos personajes que no pasarán de ningún modo a los anales del género y una buena colección de errores de edición. Los intentos de aportar algo nuevo (un detective con una vida familiar plena y feliz, un periodista que emprende una investigación paralela, una historia de amor cogida con pinzas, los monólogos del asesino que van dando luz al caso) apenas pasan de eso, de intentos, y, aunque en absoluto molestan, tampoco logran dar más entidad a un libro que se lee con la misma facilidad con la que se olvida. Un libro de playa, en suma. Vaya, que le dedico el post porque lo prometido es deuda, que si no…

He decidido que, por el momento, dejaré de buscar a Larsson en otros autores nórdicos. Cambio de estrategia: al fin y al cabo, si quiero rebozarme de arena con una buena historia policiaca siempre puedo recurrir al fascinante detective Adamsberg, de la francesa Fred Vargas. Esta vez voy a embarcarme en algo completamente distinto, algo que tengo pendiente desde hace semanas y que ya es hora de abordar: la trilogía de Claus y Lucas, de Agota Kristoff. Pongamos el cerebro en marcha.

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NADIE LO HA VISTO, de Mari Jungstedt

Maeva ediciones. Madrid, 2009
Traducción de Gemma Pecharromán

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Sant Jordi ha confirmado lo que ya sabíamos: estamos todos contagiados por el virus Larsson. Será el apoyo de los medios, será el boca-oreja, será que cuando lees el primero necesitas el segundo... no sé lo que será, pero es. Y la espera hasta el 23 de junio, cuando aparecerá el tercero, se antoja larga, así que muchos nos hemos lanzado a aplacar el mono devorando todo lo que suene a novela policiaca nórdica. Las editoriales lo saben, y han corrido a editar, reeditar o poner en los puntos estratégicos de las librerías a esos autores de apellido imposible que nos prometen emociones fuertes a 10 grados bajo cero.

Mankell ya vendía antes de Larsson. De hecho, no sé si sería aventurado decir que fue él quien le abrió el camino. Vamos, que tal vez los adictos a Wallander decidieron darle una oportunidad a Salander y ese fue el primer estornudo del proceso viral. En cualquier caso, uno de sus efectos secundarios innegables es el éxito que está teniendo La mujer de verde, del islandés Arnaldur Indridason. Yo también corrí a leerla... y no supe qué pensar. En un primer momento, me pareció que no había para tanto. Encontré la investigación policial un pelín cogida por los pelos, y las historias personales de los detectives algo descompensadas, pero poco a poco me atrapó el juego entre pasado y presente, y al final me metí hasta el cuello en la historia de Mikkelína, y sufrí a su lado y me embriagó su esperanza y compartí sus decepciones. Y, de su mano, la zozobra de Erlendur cobró sentido, y necesité saber qué había pasado con esos huesos...

Tuve que admitir, entonces, que había sido injusta con Indridason: se beneficia, sin duda, del mono de Larsson, pero es más que una obra que vaya a rebufo del éxito de la trilogia Millenium. Perdonadme la desconfianza, pero tengo todavía muy fresca la avalancha de títulos infumables que llegaron tras el Código Da Vinci, y en algún suplemento literario ya he visto a algún autor sueco al que su editorial publicita, directamente, como "el nuevo Larsson"... Encontré, además, otro motivo de sospecha: la edición de RBA deja mucho que desear, lo que me hizo pensar que se había hecho deprisa y corriendo, chupando rueda, apretando el acelerador para aprovechar el momento.... Y no es eso. Ya os hablé en un post anterior del pelo en la sopa.

En cualquier caso, los nubarrones se disiparon al llegar a la última página del libro. Final feliz para mi periplo por Islandia y ánimos renovados para seguir buceando por la literatura nórdica. Esta vez le toca a Mari Jungstedt. Me han recomendado vivamente Nadie lo ha visto, y en ello estoy. Prometo informar en breve.

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LA MUJER DE VERDE, de Arnaldur Indridason 

Serie Negra, RBA. Barcelona, 2009
Traducción de Enrique Bermúdez
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El pasado sábado murió Corín Tellado. No haré un elogio de su obra ni de su extensísima producción, ni tampoco entraré a valorar si eso es o no literatura, porque jamás he leído nada de lo que escribió. Alguna vez me cayó en las manos una de sus novelitas, pero los colores pastel y la foto de la portada siempre me echaron para atrás. No puedo, pues, opinar, y no voy a hacerlo. Simplemente quería llamar la atención sobre un dato que se ha publicado estos días: María del Socorro Tellado López, que así se llamaba en realidad la difunta, escribió 4.000 novelas y millares de relatos, vendió 400 millones de libros y se la considera la segunda autora en lengua española más leída, después de Cervantes. Aquí quería yo llegar. No me lo creo. ¿La segunda? ¡La primera!

Me atrevo a pronosticar que Corín Tellado es la autora más leída en lengua española, por más que Cervantes le lleve 400 años de ventaja. Lo que ocurre aquí es que hay mucho voto oculto. Como en las encuestas electorales, en las que resulta que el PP siempre queda por debajo de los resultados que obtiene finalmente porque a la gente le da apuro decir que lo va a votar. En fin, que si ahora saliéramos a la calle microfóno en mano y preguntáramos “¿Ha leído usted a Corín Tellado?”, la inmensa mayoría nos diría que no, y si después añadiéramos “¿Y el Quijote?”, esa misma inmensa mayoría respondería que sí.

¡Mentira! Leer, leer, leer de cabo a rabo, de principio a fin, página tras página, siguiendo la historia y disfrutando con ella. Confieso que ni yo misma lo he leído así. Yo he leído capítulos, fragmentos, este sí y este no, lápiz en mano para responder comentarios de texto escolares, con la cabeza puesta en unos apuntes que me decían qué tenía que encontrar en esas páginas que estaba resiguiendo. Eso no es leer, y me juego un brazo a que muchos de vosotros habéis tenido la misma aproximación que yo al Quijote: una aproximación escolar, obligatoria, casi forzosa, que ha degenerado en una conciencia de que hay que leerlo pero en una pereza casi invencible a hacerlo… ¿Me equivoco? ¡Confesad!

Y éste es, en realidad, el tema que quería apuntar: cómo se trata la literatura en la enseñanza. Leer más

Portada de 'El lector', de Bernhard SchlinkHace unos días, una amiga que acababa de echar un vistazo al blog me preguntó si todos los comentarios sobre novelas que hiciera iban a ser elogiosos. “¿Sólo vas a hablar bien?”, me preguntó, “¿es que todas te gustan?”. Para mí fue muy fácil responderle, porque siempre lo he tenido muy claro: “Si una novela no me gusta, no pierdo el tiempo en leerla entera, y menos aún en escribir acerca de ella. ¡Con la cantidad de obras que hay que sí que merecen la pena!”. Sin embargo, esta vez voy a escribir sobre una novela que no me ha acabado de convencer, porque me parece que hacerlo no será una pérdida de tiempo, como tampoco lo ha sido leerla de cabo a rabo. Se trata de El lector, de Bernhard Schlink, una obra que ha cosechado grandes elogios y un buen puñado de premios, y que ha sido llevada a la gran pantalla con considerable éxito por Stephen Daldry.

Empecé a leerla con muchas ganas, y poniendo en ella muchas expectativas, no voy a negarlo. Me gustó el arranque, con ese adolescente enfermo que se va haciendo hombre sin aspavientos en brazos de Hanna, una mujer cuya extrema claridad revela que esconde un mundo de oscuridades. Me atrapó la forma de narrar de Schlink, desprovista de épica, sin oropeles, lógica, como si las cosas, pese a su excepcionalidad, no pudieran ser de otra manera. Como si ese peculiar amor entre dos seres que se encuentran por casualidad y se aman casi por inercia, sin ningún esfuerzo pese a que su historia debería sacudir su orden interior y exterior, fuera lo más normal del mundo. Pero no lo es, y autor y protagonistas lo saben, y nosotros también. Y una sombra de incertidumbre planea sobre el relato, y cuando Hanna desaparece y se acaban para Michael las tardes de placer precedidas de literatura, el lector siente que ahora sí que ha vuelto todo a la normalidad, porque aquello que parecía tan natural era en realidad una deliciosa anomalía cuyo final había estado esperando, temiendo, todo el rato. Se cierra el círculo y acabamos la primera parte de la novela con la sensación de haber sido testigos de una historia de amor minúscula y mayúscula a la vez, tan minúscula como lo somos nosotros, tan mayúscula como lo es el amor a los quince años, agigantado por la lupa del recuerdo preñado de nostalgia. Leer más

Jeroglífico. Foto de Jose Miso (Flickr)

Cuando publiqué los posts sobre los libros Vía Revolucionaria y A la caza del amor, cometí un error imperdonable: olvidé citar el nombre de los traductores. Si ahora vais a buscar esos posts para comprobarlo, veréis que ya incluyen una pequeña ficha donde, entre otras, se facilita esa información. El mérito de la rectificación no es mío: es de Ana Alcaina, la traductora al castellano de la obra de Nancy Mitford.

Os cuento cómo fue la cosa. En mi afán de dar a conocer mi blog, lo envié a todos mis contactos con el ruego de que lo reenviaran, a su vez, a los suyos. Ana es amiga de una amiga, y así llegó Entre sábanas a su correo. Entusiasta de la literatura como es, aceptó la invitación de echarle un vistazo y se encontró con la agradable sorpresa de que en él se hablaba de un libro que conocía muy bien… y con la desagradable constatación de que ella no aparecía citada para nada. Rápidamente, trasladó su queja a nuestra amiga común, que no dudó en hacérmela llegar a mí. Y yo no tuve más remedio que reconocer que había cometido un fallo enorme, colosal: olvidar a la persona que había hecho posible que yo disfrutara de ese libro entre sábanas y no con los codos hincados en un diccionario. Por no hablar, claro, de mis conocimientos de sueco… Leer más



En el 2005, la Academia Sueca dio la campanada y, contra todo pronóstico, concedió el Premio Nobel de Literatura a un hombre de teatro: Harold Pinter. El motivo: pertenecer a ese grupo de autores cuya obra “descubre el precipicio que subyace detrás de los balbuceos cotidianos e irrumpe en los cuartos cerrados de la opresión”. Imposible definirlo mejor. Y si alguien tiene alguna duda, el Teatre Lliure le ofrece la posibilidad de experimentarlo en su propia piel: hasta el 12 de abril programa Traïció, dirigida por Carles Alfaro e interpretada por Francesc Garrido, Vicenta Ndongo y Francesc Orella. Un trío de lujo para una obra intensa que destapa un mundo de contradicciones, deslealtades y miedos. Yo que tú no me la perdería, forastero.  Leer más

Portada de 'A la caza del amor'. Me encantan los novelones. Me encantan las sagas familiares en las que hay amores y desamores, engaños y desengaños, encuentros y desencuentros, fidelidades e infidelidades. Y, si además suceden en la campiña inglesa, ya ni os cuento. Yo, que de cinéfila tengo poco, podría ver cien veces Lo que queda del día (con esos hieráticos Anthony Hopkins y Emma Thompson) y extasiarme en cada una de ellas. Y replicarle al que me dijera "¡pero sí aquí no pasa nada!" con un apretado "aquí pasa todo".

Pues estos días he tenido entre sábanas una novela que me ha recordado lo mucho que me gustan esas historias: A la caza del amor, de Nancy Mitford. No sé si se la puede calificar de novelón, porque tiene apenas 260 páginas y se lee en un par de noches, pero conserva intacto el espíritu de esa literatura victoriana que parece que te está contando un simple chafardeo folletinesco, pero que en realidad te está poniendo ante los ojos la radiografía de una época. Una radiografía en la que no queda nada por diseccionar: a sus rayos X no escapan ni la superficie ni las profundidades, ni el interior ni el exterior, ni las apariencias ni las verdades.  Leer más

Me prometí que no empezaría mi blog hablando de Stieg Larsson, y estoy dispuesta a cumplirlo. Que conste que no es por esnobismo (ya digo en la presentación que este es el blog literario de alguien que puede ver Hospital Central o MIR sin tener sarpullido), sino como castigo: por su culpa permanecí una semana entera aislada del mundo. Sin cine, sin teatro, sin amigos, sin gimnasio, sin cumplir con muchas de mis obligaciones. Y la cosa es aún más grave, porque en realidad no fue una semana de mi vida, la que se comieron Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander, sino dos: una con Los hombres que no amaban a las mujeres y otra con La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. ¡Dos semanas enteritas comiéndome las uñas, viviendo en un sinvivir, jugándome el matrimonio y dándole al colchón un trote como jamás había experimentado! ¡Que lo mío es leer entre sábanas!

Así que voy a empezar mi blog obviando el libro del año para centrarme en otro libro que, a fuerza de calidad, boca-oreja y alguna ayuda externa (léase Hollywood), puede disputarle el trono de la repercusión, aunque me temo que nunca el de las ventas. Estoy hablando de Vía Revolucionaria. Como la gran mayoría de mortales, jamás lo habría leído si a Sam Mendes no le hubiera dado por llevarlo al cine (Revolutionary road) y Alfaguara no hubiera decidido aprovechar la publicidad que iba a generar su paso por la gran pantalla para reeditarlo en el 2008 (Emecé ya lo había reeditado en el 2003). Y tal vez tampoco si mi gurú literario, la mujer de mi jefe, no se lo hubiera recomendado a él entusiásticamente y él no me hubiera transmitido ese entusiasmo a mí.

Total, que la obra de Richard Yates cayó en mis manos... y descubrí cuál es la novela que yo habría querido escribir si Dios, la genética o lo que sea me hubieran dotado con el don de construir universos con sentido en letras de molde.

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A veces la literatura salta de las sábanas y se materializa ante nuestros ojos de una forma mágica. Sucede cuando vamos al teatro y tenemos la suerte de dar con un buen texto bien llevado a escena. A mí me encanta el teatro. Voy siempre que le cuadra a mi agenda y a mi bolsillo. Y eso, por suerte, es bastante a menudo. Porque el teatro no es tan caro. Me revienta la gente que dice que no va porque no puede pagarlo. No es cierto: hay clubs de teatro y de cultura que ofrecen entradas a precios muy asequibles varios días a la semana. Incluso por 7 euros. ¿Cuánto cuesta entrar a la mayoría de discotecas de la ciudad? ¿Y cuánto cuesta un cubata en cualquiera de ellas? ¿Y cuántos cubatas se toman muchos de los que dicen que ir al teatro es caro? Es, como siempre, una cuestión de prioridades, de admitir en qué nos duele gastarnos el dinero y en qué no. Y no pasa nada: cada cual es libre de hacer lo que quiera. Pero que no utilicen la excusa de que el teatro es caro para enmarscarar su falta de interés por él.

Volvamos al tema. El domingo cambié mis habituales sábanas por una butaca del Espai Lliure para disfrutar de una ración de buena literatura. Xicu Masó ha llevado a los escenarios la obra de The pillowman (L'home dels coixins), de Martin McDonagh. Los aficionados al teatro recordarán a McDonagh por El tinent d'Inishmore y, sobre todo, por La reina de la bellesa de Leenane, en la que Vicky Peña bordaba el papel de una mujer de 40 años que intentaba escapar de las garras de su opresiva madre, una no menos brillante Montserrat Carulla, y en la que ya participaba Jacob Torres, protagonista de L'home dels coixins.

Torres es, en este texto de l'enfant terrible del teatro contemporáneo irlandés, Katurian Katurian, un joven que vive con su hermano deficiente en alguna dictadura sin determinar del Este. Se gana la vida cargando piezas de carne en el matadero, pero su verdadero motor vital es la literatura: escribe cuentos fantásticos en los que, con inusitada frecuencia, los niños acaban muy mal. Su vida da un vuelco cuando en su ciudad se cometen dos infanticidios que siguen las pautas de dos de sus relatos. Interrogado por una pareja de violentos policías (Eduard Muntada y Albert Pérez, ambos excelentes en sus papeles de agentes prototípicos pero menos), el escritor amateur intentará protegerse a sí mismo, a su hermano -recluido en una celda del piso superior- y, sobre todo, su obra, verdadero sentido de su existencia.

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Fin de semana de teatro. Al día siguiente de ver L’home dels coixins, le tocó el turno a una obra muy distinta: Un Dios salvaje. Frente al pequeño Espai Lliure, la modesta escenografía, los actores nada mediáticos y la tristeza de algunas butacas vacías, la grandeza del Tívoli, una elegantísima escenografía, cuatro caras archiconocidas (Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero, fantásticos todos ellos) y un lleno absoluto. Un teatro diferente, tan masivo como pueda serlo el teatro, sin que ello deba leerse como una merma de la calidad. No soy de aquellos que creen que lo que gusta a más de cuatro es vulgar y debe ser despreciado.

Tampoco, sin embargo, me parece que haya que sobrevalorar la obra de Yasmina Reza. Quizá porque no está muy lejos de Arte, la autora francesa no nos descubre nada en este encuentro entre dos matrimonios que empieza con la máxima corrección social y acaba en batalla campal con desenfreno etílico incluido. Leer más