Ayer pasé de la Isla de San Cristóbal a la de Santa Cruz. A lo largo del día, recibí un curso intensivo sobre el animal más simbólico de las Galápagos, las tortugas gigantes. Vi quelonios salvajes en el Rancho Chato y otros (las subespecies en vía de extinción) muy bien cuidados en la estación Charles Darwin. Estos animales que pueden superar los 250 kilogramos y vivir siglos (murieron hace poco las dos “tortugas de Darwin”, réptiles que ya vivían cuando el naturalista visitó las islas), tienen propiedades extraordinarias. Pueden “elegir” el sexo de sus descendientes en función de la temperatura de los huevos, que regulan al sepultarlos a distintas profundidades bajo tierra. Existe una teoría que afirma que este mismo mecanismo funcionaba en los dinosaurios y que un cambio climático pudo exterminarlos, al hacer prevaler un sexo sobre los otros. Otra excepcional propiedad la explica Darwin en sus notas. “Los isleños, cuando… se ven acosados de sed, … beben el contenido de que están llenas las vejigas [de las tortugas]”: los quelonios son capaces de almacenar grandes cantidades de agua en su organismo. Otra capacidad sorprendente es la de construir caminos: “cuando tienen sed se ven obligadas a viajar desde largas distancias. De ahí la multitud de anchos y apisonados senderos que se ramifican en todas direcciones, yendo de los manantiales a la costa…”. Asimismo, las tortugas se fabrican refugios abriendo huecos en la vegetación densa, “como hacen los cazadores-recolectores”, observa Jordi. Otra característica que me sorprendió mucho es que los machos tienen el pecho del caparazón curvado, de manera que encaje con la superficie del caparazón de las hembras en el momento del apareamiento
“Galápagos” quiere decir tortuga gigante y, según nos asegura Janine (la guía del Parque Nacional que nos acompaña en Santa Cruz) viene de una palabra española significa “montura”. Efectivamente, algunas especies tienen un caparazón parecido a una silla de montar. “A menudo … me puse de pie sobre su espaldar, y dando algunos golpes en la parte posterior del mismo, lograba que se levantara y emprendiera la marcha…”, explica Darwin. Esta “tradición” de utilizar las tortugas como montura has
sobrevivido hasta muy poco. Janine nos explica que cuando era niña era muy típico sacarse una foto encima de una tortuga, como si fuera un caballito. Sin embargo, esta tradición ha sido troncada de neto en los últimos años, al descubrir por medio de estudios que estresaba profundamente los animales.
En estas fotos, se ve claramente el caparazón de silla de montar, muy propio de las tortugas que viven en islas secas: en esta situación, el ambiente ha seleccionado unos caparazones que facilitan levantar la cabeza y acceder a plantas y hojas altas. En las islas más húmedas, donde las tortugas disponen de su comida a nivel de tierra, el ambiente ha seleccionado caparazones en forma de cúpula.